Carnaval y olvido

El tiempo se lo come todo, hasta las migajas, las cáscaras y los restos de todo lo que sea acometido. Gracias a Dios, el trabajo del amor es fundar, mantener enhiesta la fe, aún bajo asedio enemigo.

Somos el resultado de esos dos extremos: tiempo y amor, y la vida se expresa con la misma mancuerna. Entonces se trata de volver óptimo el uso del primero para gastarse el segundo y viceversa.

Por estas fechas corresponde darle al cuerpo lo que pida. Él, en cuestiones de excesos es exigente y toca obedecer a la pasión de la sangre, lo que la raza quiere hay que dárselo. Dirán: una vez al año no hace daño. Dirán: todo en exceso es malo. Mentira. Nunca, y seamos francos, llegamos al exceso, no se puede, desafortunadamente. El organismo tiene su interruptor, qué pena, y obliga a las pausas para las vísceras sofocadas por las grasas y los alcoholes del Carnaval. Algunos quedan como una bolsa llena de ropa sucia, y trastos usados tirados. Y eso sí es lo malo. Ser víctima del escarnio público.

Mucho o poco, la fiesta es para gozársela: agua, guiales y campana, porque después del Miércoles de Ceniza, todo será un surtido de responsabilidades y dudas y compromisos que nadie te quita de encima.

La belleza del Carnaval no está en sus tarimas auspiciadas ni en la absurda transmisión de las televisoras que se retan por el “rating”. La belleza está en la fiesta de cada rostro que se asoma a la calle, al balcón para celebrar la “mojadera” de los barrios; las pequeñas comparsas; los niños jugando a ser grandes… Ya les tocará. Ese contacto con la cultura ancestral le dice mucho más que las advertencias dominicales.

Estamos hechos de música y de ritmo. ¿Quién, en su sano juicio, puede censurar la prodigalidad de los hijos de esta tierra cuando la parranda convida? Como diría mi tío Alberto: ¡NADIE!

La fiesta es de todos, aunque no todos acudan. Cuando suban los fuegos artificiales y exploten las bombitas que no se quemaron en el Año Nuevo; cuando florezcan los tamboritos sabrosones y las cantaderas inmortales y los bailes de los toldos y el país entero, con su calle arriba y calle abajo, sea fragua de jolgorio deberíamos sentirnos “orgullosos” de contar con esa capacidad endémica para olvidar lo que pasa. Al panameño nada lo mata, ese es su temperamento.


Categoría
fecha edicion
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787428
autor
Héctor Collado (Escritor)
Fecha y hora de publicación

Edición Impresa

Jueves 28 de mayo de 2026
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