El nombre de Eliot Spitzer quizás no signifique nada para los hípicos, pero el de Braulio Baeza sí, y mucho.
Eliot Spitzer fue hasta hace poco gobernador Nueva York y salió del cargo por la puerta de la cocina.
Antes de ser gobernador, Spitzer fue fiscal general y mientras estuvo en campaña para lograr el favor de los votantes y los titulares de prensa, un día decidió hacer una redada en el hipódromo de Aqueduct y una presa de su cacería de brujas fue el panameño Braulio Baeza.
El impoluto e intachable fiscal le formuló a Baeza y a su jefe, Mario Sclafani, 291 cargos criminales, incluyendo fraude, conspiración, falsificación de registros, alteración de los resultados deportivos y ratería. Todo por supuestamente permitir a cambio de dinero, que varios jinetes montaran con pesos por encima de lo pactado.
Para sustentar su absurda acusación Spizer dijo que Baeza, un miembro del Salón de la Fama, no cumplió con su trabajo y con ello perjudicó al público y comprometió la "integridad de las carreras". ¡Viva la integridad!
Después de un largo proceso, Baeza y Sclafani salieron absueltos, aunque perdieron sus trabajos y su reputación quedó como un guiñapo.
Ahora Eliot Spitzer está en el banquillo de los acusados, también perdió su trabajo, pero lo peor de todo es que aceptó su culpabilidad en el vil negocio de la trata de blancas. Al final resultó ser que la rata más grande de Nueva York se sentaba todos los días en la silla del gobernador.