Desde la entrada de la cueva podía verse cómodamente el valle donde pastaban los mamíferos con que se alimentaba el matrimonio y sus dos hijos.
Cuando sus padres y su hermano mayor quemaban leña para calentarse y asar la carne de los animales que cazaban, el pequeño sacaba del fuego pedacitos de carbón y reproducía sobre las piedras las siluetas de sus familiares o de los animales que pastaban en el valle.
El niño buscó tierra roja, que abundaba cerca de la cueva, extrajo los jugos verdes y morados de ciertas plantas y reprodujo los colores naturales de sus modelos. También descubrió que estos materiales se fijaban más firmemente a las paredes de la cueva si se mezclaban con grasa de los animales.
Su madre le prohibió “decorar” la parte próxima a la entrada, por lo que se vio obligado a trabajar en el fondo de la cueva, alumbrándose con una lámpara de grasa de oso.
La vivienda tenía un inconveniente: Todos los inviernos las lluvias arrastraban la tierra de la ladera. El último derrumbe casi tapó la entrada y el cabeza de familia se propuso buscar un hogar más seguro.
Llegó la primavera y el padre y su hijo mayor emprendieron un viaje de exploración a lo largo de la cordillera. Después de varios días regresaron con la feliz noticia de que habían encontrado una nueva caverna próxima a otro valle con abundante caza, sin el peligro de los desprendimientos. Se mudaron, las lluvias siguieron precipitando tierra sobre el que fue hogar del pequeño artista y su obra quedó sepultada por más de veinte mil años.
* * *
El hijo del señor marqués estudiaba en Madrid y aquel verano vino de vacaciones acompañado por un colega. Orgulloso le mostraba a su amigo las posesiones de su padre. Llegaron a un fértil valle que rendía pingües ganancias en frutas y cereales. El visitante reparó en el color almagre de los farallones que limitaban el valle por el Norte. Mientras trepaban por las estribaciones de la pared rocosa, el condiscípulo del hijo del señor marqués le decía a su amigo:
—¡Esto es nada menos que mármol rojo! ¿Cómo no os habéis dado cuenta antes de que tenéis aquí un tesoro?
El señor marqués instaló aquel mismo año una cantera para extraer las valiosas piedras. Llevarían trabajando los obreros unos seis meses cuando apareció una profunda cueva a la que no le dieron mayor importancia.
Llegó el verano y el señor marqués, agradecido, quiso que su hijo invitara al amigo que vino el año anterior, para que viera cómo progresaba su descubrimiento. Volvieron los dos jóvenes al cerro y, al ver la boca de la caverna, manifestaron su deseo de explorarla. El capataz de la cantera les dio unas linternas y entraron. La cueva no tenía pozos ni lugares peligrosos. Cuando ya se iban descubrieron un pasillo que conducía a otra sala. Enfocaron las paredes y quedaron absortos al ver una magnífica colección de pinturas rupestres.
El señor marqués, cuyo bagaje cultural era muy inferior a su abolengo, le dio tan poca importancia al hallazgo, que ni siquiera sintió curiosidad por ver aquellos monigotes y sólo se preocupó por seguir sacando valiosas lajas de mármol. El alboroto que armaron en Madrid su heredero y el colega hizo que el ministerio de Cultura diera orden de paralizar los trabajos, con el consiguiente disgusto del señor marqués.
Vinieron arqueólogos, espeleólogos, paleontólogos y varios ólogos más. Tomaron fotografías, levantaron planos, expusieron teorías y discutieron acaloradamente. Unos decían que el hecho de que las imágenes sólo aparecieran en la parte más profunda de la cueva demostraba la existencia de un santuario y que las figuras antropomorfas representaban chamanes realizando ritos religiosos. Otros aseguraban que las representaciones de rumiantes y solípedos en un mismo ámbito simbolizaban los sexos femenino y masculino y estaba claro que allí se practicaba la magia de la fertilidad. No faltaron quienes aseguraban que las figuras de animales útiles habían sido pintadas para tener éxito en la cacería y, por lo tanto, era evidente la teoría funcional de la magia simpática. Algunos teóricos de las artes descubrieron vínculos entre los rasgos estilizados de aquellas pinturas rupestres y el cubismo de Braque y Picasso.
A nadie se le ocurrió que el autor de las figuras pudiera ser un niño que pintaba por la misma razón por la que brincan los corderos o cantan los pájaros: porque le gustaba hacerlo.