El brasileño Malcom Filipe Silva de Oliveira, nuevo jugador del Barcelona, es una de las jóvenes promesas más cotizadas del fútbol europeo y se había convertido en el deseo de algunos de los equipos más poderosos del continente.
Pruebas del potencial que el brasileño atesora las vio en primera persona el nuevo entrenador del Burdeos, Gustavo Poyet, nada más llegar al club en enero de 2018.
"Es un jugador diferente que puede ganar un partido por sí mismo", afirmó entonces su entrenador.
"Suele estar defendido por dos jugadores porque su talento es especial. En enero sufrimos porque estuvo a punto de irse a la liga inglesa, debemos estar preparados porque tarde o temprano se irá", aventuró.
Prometedor zurdo, de arranque eléctrico, potente disparo y de facilidad para el regate, como tantos futbolistas brasileños proviene de orígenes humildes -vivió en la favela Buraco Quente, zona este de Sao Paulo- y tuvo que asumir los sacrificios necesarios para triunfar como profesional.
Debutó a los 17 años en el primer equipo del Corinthians, club al que ya pertenecía en sus categorías inferiores.
