Repentinamente la mirada de los panameños se enfocó en el oriente chiricano. Un grupo de ciudadanos a los que pocas veces ponemos atención se encargó de mostrar- tanto a los ciudadanos comunes como a las autoridades nacionales- que allá en la montaña, en los cerros que parecen silentes, en donde nacen los ríos en aparente soledad, hay vidas humanas con su carga de necesidades por satisfacer, reclamos urgidos de solución y derechos que defender.
Ahora, tres semanas después, muchos saben que el país no lo constituyen únicamente los centros urbanos y que allá, tierra adentro, también hay gente con aspiraciones legítimas y que goza de plena conciencia sobre su responsabilidad con el medio ambiente y con sus raíces y cultura.
Puede que no aprobemos los métodos utilizados y que no nos parezca que les asista el ciento por ciento de la razón, pero si algo debemos resaltar es que en medio de esta crisis, la comunidad ngäbe logró que se les visibilice y muchos panameños, que antes no volteaban la mirada para esos lares, hoy saben de su importancia y de lo decisivo que pueden ser para el futuro energético del país debido a la riqueza natural de las áreas en donde están asentadas desde que el país tiene memoria.
Esta crisis, que nunca debió alcanzar los niveles de los cuales hemos sido testigos, es a la vez una gran oportunidad para que comencemos a ver el país, no como un abstracto, sino como un ente integral en el que mediante la organización y la concertación se puedan alcanzar acuerdos en los que nadie sienta que sus derechos son vulnerados y ningún sector reclame derechos exclusivos sobre los bienes que son comunes a todos.
Insistimos en que lo positivo de todo es que muchos panameños ya saben que, aunque tengamos diferencias en cuanto a costumbres y métodos de acción y lucha, es imposible construir un país sobre bases sólidas si desatendemos a un sector, por muy minoritario que sea.