Las estupideces dichas por la mayoría

Pues una estupidez dicha por la mayoría sigue siendo una estupidez. Mayoritaria, pero estupidez. Común, pero estupidez. Y eso va por todos nosotros. La semana pasada aullé en contra de las estupideces que se dieron en la Asamblea. Ahora estoy asombrada con las estupideces que llevo una semana viendo y oyendo. Estupideces, sí, trágicas y lamentables, sí, pero estupideces. No me quiero meter en honduras, no pretendo darle la razón a unos o a otros. O quitársela a ambos. No pretendo que me tachen de española invasora e imperialista, (aunque sé que muchos lo harán). Pero creo que lo que pasa en estos momentos en este país es lo suficientemente serio como para tratar de racionalizar. Así que, hombres y mujeres de mente amplia, miren a ver si vamos por partes.

En primer lugar, repito una vez más que todos tenemos derecho a protestar. Protestar es sano, los que están vivos protestan, yo protesto todos los domingos en esta columna. Pero hay maneras y maneras. También lo he repetido varias veces, a ver, todos tenemos derecho a protestar, pero nuestro derecho a protestar no debe interferir con ninguno de los derechos de los otros que no quieren protestar, es decir. Yo quiero pasar y tú no me dejas: estás conculcando mis derechos. Además, en el momento en el que en la protesta se vandalizan propiedades privadas (o públicas que se pagan con los impuestos de todos) entramos en otro campo, ya no es la simple protesta, hablamos de gamberrismo. Y yo no quiero que protesten destrozando mis propiedades.

Y tampoco quiero que protesten en mi nombre, porque si de verdad considero que las demandas valen la pena no permito que nadie proteste por mí. Si la causa es justa no dejo que nadie reciba gas lacrimógeno en mi nombre. Levanto el culo del sillón y en vez de martirizar a todos por las redes sociales, me voy a donde sea y doy la cara. Eso se llama valentía. Pero mientras que yo no haga eso, no quiero que hablen en mi nombre, yo tengo suficiente con hablar por mí misma.

Ahí llegamos al otro puntito del caso, las benditas redes sociales. Las redes sociales han sido usadas y abusadas estos días. Y lo que se ha dicho en ellas a veces ha rozado los límites de la ciencia ficción. Hasta ahora se decía que ‘el papel lo aguanta todo’ pues ahora, los que aguantan lo que sea son los ciento cuarenta caracteres de Twitter y los estatus de Facebook. ¡Anda que no se han dicho estupideces en ellos! Porque vamos a ver, yo estoy a favor de la libertad de expresión, pero también estoy a favor de que cada palo aguante su vela, es decir que cada uno es responsable de lo que dice, y cuando las cosas que se dicen o se repiten, o se reenvían, resultan ser falsas ¿Quién se hace responsable de ello? Nadie. De modo y manera que todos deberíamos de ser más cuidadosos con lo que leemos, escuchamos y reenviamos. Porque no es oro todo lo que reluce. Cada cual tiene sus propios intereses y hay momentos en los que no es bueno seguir echando leña a la candela. Ya que la libertad de expresión es sagrada, también debería ser sagrado el sentido común para mantener la cabeza fría en medio de la vorágine de absurdeces que te bombardean. Porque está bien eso de tener convicciones, pero es de estúpidos dejarse llevar por la corriente y aceptar aquello de “¿Dónde vas, Vicente? Donde va la gente” …Barranco abajo todos…


Categoría
fecha edicion
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784723
autor
Mónica Miguel Franco (Antropóloga y Actriz)
Fecha y hora de publicación

Edición Impresa

Jueves 28 de mayo de 2026
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