Los New York Giants probaron en el Super Bowl XLVI que no importa quién golpea primero, sino quién lo hace de último.
Y es que como el boxeador que se halla en desventaja, pero no en desconfianza, los Giants aguantaron todas las arremetidas de los Patriots y al final, cuando su rival se encontraba seguro de la victoria, le asestó un golpe que lo dejó noqueado en la lona del estadio Lucas Oil, de Indianápolis.
La mente maestra detrás de esta hazaña fue Eli Manning, quien completó 30 pases en 40 intentos para sumar un total de 296 yardas y un touchdown, además de convertirse en el primer mariscal de campo en abrir un Super Bowl con nueve pases completos consecutivos.
Su rival tampoco fue menos. Tom Brady quiere quitarse la espina que tiene clavada desde el 2008 y completó una actuación (27 pases, 276 yardas y dos pases de anotación), con una racha de 16 pases completos al hilo, que cualquier otro día hubiera terminado en la deseada victoria. Pero el Super Bowl no es un día cualquiera.
Al final, los Giants repitieron el guion de hace cuatro años y se hace, como con el Super Bowl, bajo la máxima: en las finales no existen favoritos, sino ganadores. Y ellos, sin duda alguna, lo son.