Mi abuela se levantó con los ojos llenos de estrellas y apenas los podía abrir. El color de su rostro había bajado y cargaba la pesadez que había permanecido sobre la almohada. Con la sensación de tener una cinta oprimiéndole la cabeza y de cargar en la espalda la noche, se puso a revisar los cuartos, eran cuatro. Salió de la casa, parecía buscar una cosa o a alguien.
Se dirigió con pasos perezosos hacia el servicio, pero antes se acercó a un vivero. Su mirada quedó redonda al ver las sardinas que flotaban. Enseguida las sacó y trató de reanimarlas con sus torpes dedos. Buscó una bolsa y las guardó. Quedó pensativa. Al rato, escuchó una voz y llegó a pensar que aún dormía.
Las dos mujeres se saludaron. La vecina llegó para contarle que se habían llevado dos bidones de agua de su casa. A mi abuela no le interesó. Ella le preguntó acerca del ruido que escuchó en la madrugada. La vecina se echó a reír y contestó que tenía que visitar la parte de atrás de las casas y se iba a encontrar con una sorpresa, y que de pronto su esposo tenía que unirse al clan que madrugaba. Mi abuela la miró sorprendida.
El cielo había cerrado sus fuentes naturales y las tuberías se habían secado, y los originarios se habían quedado sin agua. Por eso, una noche, tomaron la decisión de abrir la tierra rebelde, y las herramientas empezaron a hablar y las bromas a llenar la noche. Desde entonces empezaron a aparecer enormes zanjas que amanecían llenas de agua y cada casa había empezado a tener un pozo. Los pozos aparecieron por arte de magia, pero no fue ninguna magia. La fuerza de los picos y palas habían abierto rotundas heridas en la tierra.
Durante el día, las mujeres aparecían en las calles petrosas, largas y cuadradas como por una orden recibida por viejas costumbres. Cada una llevaba una carretilla con unos tanques. El inmenso calor era redondo y penetraba sus poros. Como hormigas desfilaban y se cruzaban y se saludaban. Durante los días siguientes, las mujeres empezaron a cambiar de color y se ponían oscuras. Y los esposos en la noche no podían distinguirlas.
Días atrás, los buses habían dejado de correr. Habían cerrado la carretera desde tempranas horas. Los originarios habían agitado sus protestas y habían vomitado palabras aprendidas. ¡Arroz con cangrejos el pueblo es bendejo! ¡Los gobiernos pasan pero el hambre queda! ¡Agua, agua, agua! Habían gritado a unos oídos sordos. La respuesta fue unos bombazos que habían caído. Los originarios habían llorado entre las nubes. Había vuelto la tranquilidad.
Mi abuela estaba pensativa. Al rato, recordó haber escuchado el ruido de unos golpes muy pegados a la puerta de la recámara. Había tratado de despertar al abuelo que nunca estuvo cerca. Los golpes no cesaban y su eco retumbaba en la casa que permaneció sin dormir. Mi abuela con sus ojos llenos de estrellas buscó a la vecina, pero estaba sola.
Mi abuela llegó a la cocina y abrió la puerta para llegar al patio. Miró asombrada un hueco que contenía el líquido preciado con sus pequeños moradores que la miraban con sus enormes ojos. El pozo siempre estuvo ahí. Esperando brindar un poco de alegría y sosiego al cuerpo. Mi abuelo, con sus viejas tradiciones, una noche se atrevió abrir la tierra en la madrugada. Mi abuela empezó a llorar al recordar a mi abuelo que tenía años de haber muerto.
Me tocó buscar agua y no encontré a ninguna de las mujeres que empujaban sus carretillas. Las casas parecían deshabitadas. Los originarios volvieron a cerrar la carretera. Porque el ojo de agua de los mágicos pozos tenía mal de ojo y se había secado. Me causó risa. Pero la risa que cargo es por lo que hizo mi abuela. Con la bolsa de plástico en la mano empezó a buscar a Gorila. Lo buscó por los cuartos, por el patio y nunca lo encontró. Ella siempre me contó que era de color pardo y tenía los ojos amarillos. Era cachetón y parecía un lince. Comía pollo y pescado. Lo increíble era que tomaba sopa de carne y rechazaba la leche. ¡Ah!, por supuesto, se bañaba dos veces al mes y se la pasaba dormido, lo que me causó risa es que mi abuela nunca tuvo un gato.