Nuestros mártires del 9 de Enero leyeron demasiado

He dedicado un par de entregas a demostrar lo inútil, lo absolutamente inútil, que es la literatura y las actividades del pensamiento en general. Lo digo en serio. No esperemos ninguna retribución de ellas.

Y mientras desarrollaba esos argumentos, llegó el 9 de enero y una avalancha de recuerdos cayó sobre mí. Recordé que mi padre, ahora muerto, había estado entre la multitud enardecida de aquella fecha. Recordé que mi madre, una decena de años después, me mostró las fotografías de los cadáveres y me dijo lo que se quedó como un eco en mis años: Que esto no se te olvide.

Y no se me olvidó.

Estos chicos leían, leían mucho. Hasta el punto de querer materializar lo que leían, traer el mundo de los sueños a la realidad. Dios, qué bella ingenuidad. Una ingenuidad que, sin embargo, no tenía sustento en lo práctico. ¿Cierto? Es decir, si la lógica hubiera asistido a estos estudiantes, se habrían dado por vencidos antes de empezar. Si la lógica hubiera asistido al presidente Roberto F. Chiari, no hubiera respondido al presidente Lyndon Johnson con tanta decisión - No era lógico hablarle al presidente más poderoso del mundo con esas palabras, con ese tono. El presidente Roberto F. Chiari fue un ser ilógico, una persona irreal.

La literatura no ayuda nada en los hechos. No. Porque después habrían de venir las negociaciones, que sí fueron estratégicas, verosímiles, realizables, y el tratado Torrijos-Carter. No fueron los estudiantes quienes negociaron como dictaba el raciocinio que debía negociarse. No fueron ellos quienes buscaron las alianzas internacionales necesarias para enfrentar al coloso del Norte. Ellos solo murieron, como quien sueña y camina hacia su sueño, y cae por una pendiente que la ilusión nubló.

La literatura no sirve para nada.

Y entonces, cuando mi esposa me pidió que le explicara a mi hija de cinco años qué había pasado aquel 9 de enero de 1964, le dije eso mismo, que murieron algunos, unos pocos estudiantes, porque querían izar la bandera en un territorio que consideraban patrio.

Pero que ellos no se hicieron cargo de nada, que los políticos y los negociadores internacionales fueron los que, años después, concretaron la devolución del canal, de nuestro canal. Y entonces, para mi sorpresa, se me quebró la voz, y las lágrimas comenzaron a aparecer en mis ojos. Y me di cuenta de que nadie habría hecho nada, nada de nada, si no hubiera existido quien sueña, y quien cree en el sueño sin pensar en las consecuencias obvias, si no hubiera existido quien se deshace de la razón y solo, enloquecido de rabia o de ciega dignidad, reclama el territorio como suyo, no para dentro de diez o doce o cincuenta años, sino para ya, sin dudarlo, aunque tenga que morir por ello.

Y entonces le dije a mi hija que Ascanio Arosemena había recuperado el canal, él solito, para que nuestra soberanía renaciera. Y esa fue toda mi explicación.


Categoría
fecha edicion
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779265
autor
Carlos Wynter (Escritor)
Fecha y hora de publicación

Edición Impresa

Jueves 28 de mayo de 2026
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