Recientemente me embarqué en un estudio de cinco años con parejas de doble carrera en diversas carreras y etapas de vida. Quería descubrir qué hace que algunas parejas prosperen, otras fracasen y otras más tropiecen.
Lo que descubrí es que las vidas de todas las parejas de carrera doble tienen momentos en los que nuestras parejas nos hacen sentir vistos y poderosos, y momentos en los que una lucha de poder hace que uno o los dos se sientan olvidados y reducidos. Incluso las parejas que prosperan, según descubrí, no pueden evitar estos últimos momentos. Sin embargo, se esfuerzan para regresar a los primeros.
Las parejas de doble carrera, y quizá todas las parejas, prosperan sólo cuando siguen esforzándose para reconocer, respaldar y equilibrar el poder de ambos integrantes, al igual que su trabajo y ambiciones de vida. Cuando las parejas no hacen el esfuerzo para ayudarse a clarificar y perseguir lo que quieren, en casa y en su trabajo, su relación comienza a sentirse como una limitante.
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A menudo hablamos de nuestros sueños y deseos en el inicio de una relación – y son parte de lo que hace que el nuevo amor se sienta tan empoderador. Sin embargo, conforme nuestras relaciones maduran los perdemos de vista, y el poder suele convertirse en una palabra grosera en sí mismo.
Conforme las circunstancias y expectativas comienzan a estirarse, el hábito toma el lugar de la negociación y la asimetría el de la reciprocidad. Sentimos que sólo una parte de nosotros es observada, o sólo hay apoyo para las ambiciones de una persona. Incluso si no todo el poder está en manos de una u otra persona, ya no es abundante o compartido. Cuando esa tensión perdura, el amor se siente condicional o diminutivo, y las parejas caen en el resentimiento y el arrepentimiento. Comienzan a fracasar.
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Las parejas también deben estar alerta acerca de los desequilibrios. Cuando el poder se descuida, suele caer en una distribución asimétrica. Este desequilibrio no es, en sí, algo condenado al fracaso. Estudié a parejas que prosperaron incluso aunque un integrante parecía tener más poder que el otro, pero lo que hacía que esas parejas funcionaran y evitaba la culpa o el resentimiento, era que habían elegido abierta y cuidadosamente vivir de ese modo.
Por ejemplo, estudié a muchas parejas que tomaban turnos para hacer lo que una definió como el “salto de carrera”. En cualquier momento, en esas parejas, un integrante estaba mucho más dedicado al trabajo, mientras que el otro dio un paso atrás y jugaba un rol de apoyo en casa. Sin embargo, las parejas
más exitosas fueron aquellas en las que cada integrante daba el salto o apoyaba alternadamente. Aunque sus acuerdos laborales eran asimétricos, su equilibrio no lo era, porque la asimetría estaba construida en conjunto.
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La mayoría de las asimetrías de poder en las parejas no son resultado de elecciones analizadas y examinadas. Son resultado de presiones sociales que lentamente corroen las promesas iniciales de igualitarismo. Esto es especialmente cierto en las parejas heterosexuales. Ya que, en las normas sociales y políticas corporativas, el poder no está asignado por igual a hombres y mujeres, los esfuerzos para sostener la igualdad requieren un acto consciente de resistencia. Son un acto genuinamente revolucionario. Por eso son demandantes, y emocionantes.