El Confabulario
El Confabulario – 15 de marzo de 2013

Las cifras
- 25 mil dólares les ofreció la ATTT a los dueños de los buses que salieron del sistema.
- 3 mil “diablos rojos” circularon en las calles de la capital en 40 años.
Junto con la dictadura militar que se instauró en 1968, surgió el régimen autoritario de los “diablos rojos”. Sembraron el terror en las calles, incluso décadas después de que las suelas castrenses dejaran de rodar por el país.
Sus pecados alarmaron a la sociedad: muertes, colisiones, regatas, bacanales, en fin... sin embargo, las autoridades y los propios usuarios empezaron a juzgarlos, al punto de que hoy esperan su juicio final.
Viaje al infierno
Una caseta en la vía Boyd Roosevelt, a la altura de La Cabima, que va hacia el centro de la ciudad, está media vacía. Son las 8:00 a.m., pero a pesar de que a esa hora mucha gente ha ponchado la entrada de sus trabajos, aún hay quienes esperan un colectivo.
Minutos más tarde, un vehículo multicolor se planta en la parada, es un “diablo rojo”. “No quiero nada a medias” se lee en la parte en donde, por reglamento y sentido común, debe estar colocado el nombre del trayecto que recorre el autobús. “¿Coño, será una nueva ruta?”, parodia una señora que segundos después deja en la parada su sonrisa cuando le toca subir los tres altos y angostos escalones que anteceden la escotilla del bus. Una vez allí, mira al chofer y se sorprende por su cara de conductor novel. “Míralo, su rostro parece el ‘culito’ de un bebé... ¿Tienes licencia?, le espeta la señora.
Ya arriba, en el pasillo, la “doña” ve que muchos de los puestos sobran, pero luego de 10 minutos aparcado en el mismo sitio, las personas colman la carcacha, la imagen se asemeja a una gran lata de salchichas apretujadas, pero son embutidos humanos. Entonces el motor “eructa” y arranca la tortura.
El individuo que hace de “pavo” (secretario) mira sus delineadas cejas por el retrovisor y acto seguido se cuelga de este, por momentos parece un fleco más de los que adornan el corroído tubo de hierro donde va el espejuelo.
Curiosamente los pasamanos (barras de arriba) lucen cromados, y Marta, la mujer de esta historia, se sostiene de ellos para sentarse en el último puesto, el famoso asiento de a tres. Observa todo, sus pies se columpian al igual que los de otras dos personas que se acomodan a su lado. Debajo de ellos una bocina, tipo cajón de discoteca, hace traquear, literalmente, las paredes del bus y los demás autos que pasan al lado de este. “Te quito el panty , también el brassier ... Yo a ti te llamo cuando quiero”, tararea una chica de secundaria que trata de contonearse en el interior del “Traviesas Mayolis”, nombre del autobús de la ruta La Cabima-Gran Estación que lleva 10 minutos sereno sobre la Transístmica.
Un metrobús pasa a su lado, y despierta a la bestia. Son los de prueba, los que dicen: ‘En tránsito’, luce vacío. Aun así, el sacrilegio provoca que el conductor del “diablo rojo” sumerja todo su pie en el pedal... De pronto, la pasividad de los usuarios la irrumpe el nerviosismo. Un semáforo a la altura de Milla 8 le pone un stop a la regata.
Media hora más tarde, la nave arriba a Los Andes, frente al centro comercial, donde se bajan casi todos los pasajeros. Allí la calle se adelgaza y se diluye la música. “Cierra la puerta, vivo con el tongo”, advierte el transportista a su asistente. Pero la bulla no cesa porque afuera el “grito” de unas excavadoras taladran los pocos oídos a bordo.
¡Saray, San Miguelito!, pregona el “pavo”. La comodidad dura poco porque el bus vuelve a engullir a casi un centenar de gente... Y antes de emprender el viaje, un hombre aborda y habla de las bondades de sus cortaúñas, flashlights y bolígrafos; nadie le regala un real de atención, cada quien en lo suyo.
La velocidad y la música también vuelven a subir; en un pestañeo el bólido cruza barrios peligrosos como La 9 de Enero, Pan de Azúcar, El Martillo y en un zas llega a San Miguelito. Marta, que baja de última, logra apreciar las esqueléticas estructuras de los puestos sin tapiz, algunos de estos con tornillos asomados. Los que tienen forro están abiertos y es visible el foam que llevan dentro.
Antes de bajarse, una colegiala cincela con tinta de marcador un mensaje: “Johana, tu mami 2013”. Otras jovencitas, que al querer continuar la aventura y seguir hurgando sus oídos con “plena”, son advertidas por el secretario que el viaje hasta la ciudad cuesta 0.50. Ante el inflado incremento, deciden no proseguir.
Así se completa este trayecto de casi una hora... Marta ya se bajó, pero en el bus aún sigue montada la bulla, el desorden y la anarquía. ¡Ah!, curiosamente viaja una celebridad, parece ser el rostro de Lady Gaga, que le “pela” el diente a todos, aunque los escapes la llenen de humo.