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El Confabulario – 26 de mayo de 2013

José Alberto Chacón (jose.chacon@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Incremento


  • 30 millones de dólares ha recaudado el Estado en las ferias Crisol de Razas.

  • 12 mil visas de residencia para extranjeros fueron aprobadas en 2012 por las autoridades.

Marta es modelo y demostradora; sus ojos se asemejan a dos aceitunas y su curvilíneo cuerpo revoluciona las miradas de los hombres que viajan atestados en los metrobuses.

Posee un gran atractivo, pero no tiene documentos. Junto con su prima Raquel pagó mil 500 dólares a un compatriota suyo que las trasladó en lancha hasta Guna Yala desde Acandí, un pueblo del Caribe colombiano. “Luego de dos horas sobre el mar, nos dejaron en la comarca, allí un indio nos recibió, n

os llevó caminando durante una hora por un sendero lleno de lodo y mosquitos hasta llegar a un peladero (área deforestada) que parecía más un helipuerto”, relata.

El sol provoca que la humedad se levante temprano, y Marta aprovecha una fugaz pausa para pasear su húmeda lengua por los labios... Cuenta que al llegar al peladero, un hombre negro las saludó y les dijo que el viaje hasta ciudad de Colón costaría $150 por persona. “Accedimos porque unas amigas que ya estaban en Panamá, desde hace algunos meses, nos habían dicho cómo y cuánto costaba la 'vueltica' y que no había peligro alguno”.

Una vez en Colón, otras mujeres les recomendaron quedarse allí para trabajar en burdeles, pero el dúo prefirió viajar hasta la capital para conocer la 'mini Miami', “apodo que le han dado algunos extranjeros a su ciudad”, dice.

Sus ingresos son “erguidos”, tal como su nariz y sus pechos. “Acá gano el triple de lo que obtenía en mi pueblo. Entre la mañana y la noche puedo completar los $70.00 en días lentos, otras veces supero los $150.00”.

“En Manizales solo podía vender flores o café; es lo único, mientras que en Panamá todo se vende y se compra”, asiente.

Sus manos salpicadas de lunares se deslizan sobre una latita de carne de ganso. Come y luego narra que durante el día reparte volantes o asiste a eventos de todo tipo, como azafata. “De noche promociono cervezas importadas en bares exclusivos de la ciudad”. Su apartamento de 80 m2, en el piso 12 de un edificio de la avenida 12 de Octubre, tiene balcón. De allí se puede ver, aún, lo amplio del Pacífico. Contrario al mar, la sala es reducida, pero esta presume dos supuestas réplicas de Botero...

Tres años han pasado desde que Marta y su prima pisaron suelo canalero, y a pesar de que la bonanza de Panamá las cobija (arropa), tienen que dejar parte de sus dividendos en clínicas privadas.

“Vengo de una región alta que es más fría que Boquete. Sufro muchísimo por la humedad de Panamá, los trasnochos y la gripe, ya sabes. No es fácil, a pesar de que todo parece muy lindo ”.

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Como es indocumentada, Marta no puede ir al seguro. “Tampoco me atrevo a acudir a los centros de salud porque son harto demorados. Además, ya han deportado a varias de mis amigas cuando buscan atención en esos hospitales”.

Eso no es todo, expresa, porque le aterra que en este país piensen que todas las extranjeras se dediquen a la prostitución. “Es complicado vivir así, cuando escuchan nuestro acento voltean la mirada y te ven con rareza. No creas que no me da miedo, por eso no salgo al cine o a la disco. Temo que me deporten”, concluye y cierra la ventana francesa que dejaba colar la brisa en su apartamento.

Abusos

Y es que la vida de un indocumentado no es nada fácil porque el asunto no solo se remite a vivir a escondidas de las autoridades, sino que incluso muchos tienen que soportar los vejámenes de sus patrones como le ocurre a Mariana, una dominicana de 46 años que está en nuestro país desde el año 2,000. “Llevo 11 años haciendo de todo en la mansión de una familia acomodada en Paitilla. Pero como saben que no tengo papeles, me hacen trabajar domingos y días feriados y no me pagan los recargos”.

Por más que intenta impedirlo, una lágrima logra surcar su mejilla. “Tengo que soportar que sus hijos adolescentes me llamen ‘negra inútil’ y ‘zorra’ a cada momento, y eso que yo los lidio desde pequeños”.

Mariana asegura que ella entró al país por las costas pacíficas de Darién cuando la vigilancia en la frontera con Colombia no era tan minuciosa como ahora.

“Vivía en Montería, Colombia, y tenía la nacionalidad de ese país porque estaba casada con un colombiano. Pero preferí buscar el dólar, así que ahorré por dos años y me vine en barco a Darién desde Juradó. Recuerdo que unos patrullas colombianos nos vieron en la panga y nos permitieron continuar porque les dije que éramos refugiados huyendo de la guerrilla”, manifiesta.

Por dos años se quedó en Garachiné con otra mujer que salió ilegal de Colombia. “Comía pescado, iguana y ñeque porque era la cocinera de una iglesia cercana al pueblo. En el verano de 2002, una familia que fue a ver un terreno cerca del templo me preguntó si conocía a una mujer honrada y responsable para trabajar y vivir en la ciudad. Esa mujer era yo misma”, sonríe. Mariana dejó de comer pollo de patio y carne de animales silvestres, para degustar, asegura, caviar iraní y costillas de cordero argentino, pero a pesar del lujo, ya no digiere los maltratos.

Autoridades

El Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) califica como zonas calientes Zapzurro y La Miel, dos pueblos de la frontera colombo- panameña que son utilizados para el tráfico de personas y los migrantes ilegales.

En lo que va de 2013, el Senafront ha puesto a órdenes del Servicio Nacional de Migración (SNM) 1,215 personas, la mayoría cubanos (798) y asiáticos (270). En 2012 este cuerpo de seguridad detuvo 3,430 ilegales en esta línea fronteriza.

Cabe señalar que los africanos también intentan entrar al país por estos sitios. El año pasado fueron deportados 166. “Tanto los asiáticos como los africanos inician su migración ilegal desde Brasil, pasando vía terrestre por Venezuela, Colombia y Panamá, con destino final a Canadá”.

Javier Carrillo, el actual director del SNM, afirma que es casi imposible contabilizar el número de ilegales en el país porque las autoridades no saben quiénes son los indocumentados.

Lo que sí es cierto, explica, es que muchos entran a Panamá de manera ilegal y que otro gran porcentaje ingresa con papeles, “pero se quedan más del tiempo establecido” (6 meses). Eso, comenta Carrillo, los convierte en ilegales. “Es el caso de las jóvenes que vienen con visa de estudiantes, pero que luego se dedican a otros negocios como la prostitución”.

Migración, junto con la Policía Nacional realiza operativos para sacar a aquellas personas sin ningún tipo de documento, justificación u ocupación. “Constantemente hacemos deportaciones de ilegales, más que todo por cuestiones de salud y seguridad”, menciona Carrillo.

El año pasado, según cifras del SNM, se deportaron 1,026 personas detenidas en la capital. La mayoría de nacionalidad colombiana, nicaragüense, dominicana y algunos peruanos.

Aquellas deportaciones se dan de manera voluntaria y forzosa. “Si una persona sin papeles es detenida, se le permite salir de manera voluntaria y se le da diez días para abandonar el país”.

Si esta no sale y es nuevamente sorprendida en algún operativo, tendrá que pagar $50.00 por cada mes que estuvo como clandestino. “Ese dinero va directo a la cuenta de un fondo fiduciario que se utiliza para los trámites legales de la deportación”, aseguró el funcionario.

Rodrigo Mejía, jefe de Migración del Ministerio de Trabajo y Desarrollo Laboral (Mitradel), declara que el SNM y Mitradel llevan a cabo redadas en conjunto para detectar ciudadanos de otros países que lucren bajo la clandestinidad.

“Nuestros inspectores verifican si hay extranjeros ilegales o sin permiso de trabajo laborando en una empresa. Si se comprueba, se sanciona a la empresa”.

En tanto, Jorge Hassán, director de la región metropolitana de salud del Ministerio de Salud (Minsa), destacó que muchos de los ilegales aprovechan para trabajar en el sector informal, tanto en el centro de la ciudad como en la periferia.

Hassán detalló además que en la mayoría de las batidas en las que participan, “estos individuos no poseen los permisos correspondientes ni para manipular ni comercializar alimentos, y menos para estar en el país”, concluye.



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Viernes 7 de agosto de 2026