Durante casi 42 años en el poder, Muamar el Gadafi fue uno de los dictadores más excéntricos del mundo, tan inestable que las potencias occidentales lo condenaban a la vez que trataban de ganarse sus favores.
Gadafi era un hombre de contrastes. Fue un patrocinador del terrorismo cuyo régimen fue culpado por dinamitar dos aviones de pasajeros, aunque luego ayudó a Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. Fue un nacionalista árabe que se mofaba de los gobernantes árabes. Y como paradoja, predicó una utopía “revolucionaria” del poder popular pero era el epicentro de una dictadura personalista.
Gadafi deja tras sí una nación de 6.5 millones de habitantes rica en petróleo.
Todos las especulaciones sobre su paradero, la incógnita desde que el pasado 22 de agosto abandonó precipitadamente el palacio de Bab El Aziziya en Trípoli, han concluido con la muerte, del otrora poderoso mandatario, que solo encontró refugio con la tribu de los Gadadfa.