Transantiago, diez años de luces y sombras de una revolución urbana

Las deficiencias en su diseño y los errores en su implementación convirtieron el proyecto en un desastre desde su inicio. El tráfico no solo disminuyó, sino que aumentó.


El Transantiago, el controvertido sistema de transporte de la capital chilena, cumple hoy diez años en medio de las críticas de chóferes y usuarios, que denuncian los altos precios, la escasa frecuencia de los recorridos y el mal estado de los autobuses.

 

Fue en febrero de 2007 cuando el Gobierno de Michelle Bachelet inauguró el proyecto que su antecesor, Ricardo Lagos (2000-2006), había diseñado para sustituir a las "micros amarillas", el caótico sistema de autobuses urbanos que tenía Santiago, y así aliviar la congestión del tráfico.

 
 

Las deficiencias en su diseño y los errores en su implementación convirtieron el proyecto en un desastre desde su inicio. El tráfico no solo disminuyó, sino que aumentó, y los intereses de las empresas privadas que lo gestionan han hecho fracasar su viabilidad financiera.

 

 
Además, su puesta en marcha provocó efectos colaterales en la red de transportes, porque muchos usuarios, hastiados del mal funcionamiento de los autobuses, se decantaron por el metro, que antes circulaba casi vacío y ahora opera completamente abarrotado en las horas punta.

 

Actualmente, Transantiago cuenta con 11.339 paradas, 378 recorridos, 18.072 conductores profesionales y 6.600 autobuses. Para mantener su funcionamiento, el Gobierno ha invertido 9.580 millones de dólares en los últimos cinco años, una cifra que, a juicio de Guillermo Muñoz, director del Transporte Público Metropolitano, está más que justificada.

 
 

"Si uno mira la experiencia de otros países, todas las grandes capitales financian fuertemente su transporte público. Este subsidio aporta dinero para la mejora de otras infraestructuras, como el metro", asegura.

 

 
Los usuarios del Transantiago, que mueve a tres millones de personas diariamente, denuncian que los autobuses se encuentran en mal estado y los conductores se saltan las paradas e incumplen los recorridos.

 

"Yo llevo diez años usándolo y ha evolucionado muy poco. Las máquinas más antiguas siguen funcionando. Han puesto más autobuses, pero no han quitado los viejos, así que el tráfico ha aumentado", comenta a Efe, Johnathan Vargas, un artista callejero que canta en los autobuses.

 

El director del Transporte Público Metropolitano reconoce que algunos autobuses presentan deficiencias, pero culpa de ello a las empresas."Hay algunas que incumplen el contrato y no dan mantenimiento a los autobuses", explica.

 

Muchos usuarios también critican el comportamiento de los chóferes, a los que acusan de maltratarles.

 

"La actitud de los conductores no es muy buena. Yo les daría un cursillo para que traten mejor a los pasajeros", afirma Johnathan, el cantante que pasa diez horas al día subido en los autobuses.

La velocidad a la que circulan los vehículos también es motivo de queja.

 

"Andan muy rápido. Se pasan con la velocidad y hay veces que la gente tropieza. Yo misma me he caído yendo con mi hijo pequeño. Es peligroso", comenta Giovanna Barraza, otra usuaria.

Sin embargo, la autoridad de transportes argumenta que la seguridad es uno de los puntos fuertes del sistema.

 

"La mayor seguridad de los vehículos y una conducción más prudente han reducido un 60 % los accidentes", recalca Guillermo Muñoz.

 

Otro de los talones de Aquiles del Transantiago es el aumento de la tarifa, lo que provoca que muchos de los usuarios no paguen argumentando que el billete es muy caro para el servicio que reciben.

 

"Yo lo uso habitualmente, pero no lo pago porque el precio ha ido subiendo y subiendo. Al principio eran 400 pesos (unos 0,60 dólares) y ahora está en casi 700 pesos", explica Vanesa Hernández, viajera habitual.

 

Las autoridades argumentan que la tarifa está en sintonía con las de otras capitales latinoamericanas, como Sao Paulo o Bogotá, y que además el billete sirve también para el metro.

 

"Es el fenómeno más grave del sistema. Afecta sobre todo a los usuarios que pagan y genera una enorme sensación de injusticia. No hay ninguna razón para la evasión", apunta el director del Transporte Público Metropolitano.

 

Por su parte, los chóferes dicen sentirse indefensos por las reacciones violentas de los usuarios que no abonan su billete.

 

"Les dejo pasar. ¿Qué les voy a decir? Si les digo algo me pegan o me escupen. Hasta me pueden llegar a poner un cuchillo. La policía no vigila. Falta mano dura", comenta Luis Eduardo Peña, conductor de autobuses y líder sindical.

 

Omar Monsalve, otro conductor, pide que las empresas protejan a sus chóferes y que bajen los precios, para que todo el mundo pague. "Si el servicio es eficiente, todos van a pagar", asegura.

 

Para hacer frente al problema de la seguridad, la Dirección de Transporte Público ha instalado cámaras y reforzado las cabinas de los conductores, al tiempo que ha incrementado la vigilancia policial.

 

Todo ello con el anhelo de que por el Transantiago sea valorado y apreciado por los que a día de hoy siguen siendo los más feroces críticos: sus usuarios. 


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Autor
Santiago de Chile / EFE
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