A Daniel Cortés lo encontramos en plena faena. A las 2:00 p.m., cuando el tráfico en la vía circunvalación en Paraíso de San Miguelito se complica, él aprovecha y toma un descanso.
Lo hallamos rodeado de unos 500 pares de zapatos, entre reparados y pendientes por restaurar.

A su lado, su inseparable “amigo” el bastón. En el barrio todos lo reconocen como muestra de superación pese a su limitación física.
Cuenta que a los seis meses de nacido, sobrevivió a un derrame cerebral que lo dejó imposibilitado para caminar por su cuenta.

No fue hasta los 10 años cuando, apoyado por su madre, dio los primeros pasos. Antes tuvo que someterse a una serie de operaciones en las piernas en el antiguo Hospital Gorgas.
Pese a las dificultades, Daniel avanzó en su educación logrando llegar hasta el segundo año de universidad, pero por falta de recursos no pudo concluir.

Hoy, con 51 años, relata con satisfacción que para el hombre no deben existir barreras que le impidan desarrollar sus habilidades, siempre y cuando se declare un guerrero de la fe como él se considera.
Relata que por años se dedicó a trabajos esporádicos de buhonería para colaborar en los gastos de la casa. No fue hasta el 2003 que su compañero y vecino Javier Patiño (q.e.p.d) lo incentiva a formar un negocio de zapatería, donde él sería el ayudante.
Desde entonces, y sin experiencia en el trabajo, se dedica a lo que hoy le permite hacer frente a sus responsabilidades.
Allí, en la Zapatería “La Hermosa”, nombre sacado del libro de Los Hechos 3:1-3, conoció en 2004, durante un desfile navideño a la que hoy es su ayudante, esposa y amiga, Querube Jiménez, de 43 años, quien abandonó sus actividades de belleza para incursionar en un campo desconocido. Ella lo describe como un hombre de poca movilidad pero de gran sapiencia. Con orgullo, dice que “Ojalá todos los hombres sanos aprendieran de él”.
Ambos reciben a diario de ocho a diez pares de zapatos, cantidad suficiente para mantenerse entretenidos durante las doce 12 horas que atienden en el local. Daniel, en medio de su limitación, solo tiene una esperanza que deja en manos de Dios: un hijo.