La esencia del trabajo

El gran pensador Alexis De Tocqueville describió a la América del Sur, en referencia a América Latina, como la morada del placer y los sentidos; y la América del Norte como el dominio de la creatividad y del esfuerzo.

Ese estigma, que hemos cargado ya por varias generaciones, fue fruto de su elevación intelectual y no así de una malintencionada denigración de nuestra raza, como muchos han pensado. Se refería a lo que vieron los primeros colonizadores; las diferencias marcadas del terreno escarpado, frío e inhóspito del norte y, en cambio, las playas de arenas blancas y aguas cristalinas, aves con vistosas plumas y frutos colgantes en el sur. Sin embargo, más allá de esas realidades aparentes, ya existía en ambos paralelos un concepto que Tocqueville pasa por alto: el trabajo y la transformación de la naturaleza por el hombre y para el hombre, logrando así vivir de ella y no como ella, tal como lo hace comúnmente el resto de los animales.

Hoy en día, estudios nos revelan que fue precisamente el uso de las manos, como herramientas de transformación, lo que permitió al hombre superar su esencia básica y primaria. Fue la labor y la creación, fruto de su propio esfuerzo, lo que logra que la naturaleza, vista simplemente como tal, se convirtiera en mundo para el ser humano. Por eso, el trabajo es quizá la actividad unificadora del resto de todo aquello que nos hace ser hoy por hoy lo que en realidad somos. La naturaleza sería, en efecto, solo eso, si el hombre, por medio de su esfuerzo personal y la transformación, no la hubiese convertido en lo que comúnmente concebimos como el mundo.

La ausencia del trabajo civilizador habría creado un vacío insondable en la evolución del hombre, que sería, sin duda, menos pensante y más animal, si es que hubiese subsistido como especie en la cadena rigurosa de la evolución natural. Nada tenemos en contra de la madre naturaleza, y se le aprecia en toda su magnificencia e inmensidad, pero el hombre no pertenece ni depende propiamente de ella; sino que más bien la transforma, a través del trabajo, en elementos propios necesarios para el sustento de la humanidad. He allí la esencia misma del trabajo: crear algo de la nada y del todo crear algo de mayor utilidad.

En teoría, el trabajo compone una tercera parte de nuestros días. Hoy, tal vez un 50% de los 7,324,782,000 de seres humanos que habitan el mundo constituyen parte de la población en edad de trabajar. Relegar, pues, el concepto del trabajo a un segundo o tercer plano dentro de la jerarquía de la civilización, sería desmentirle su sitial primordial en el mundo.

El trabajo debería marcar ideológicamente también todo lo que hacemos. Resulta vital inculcar su importancia desde la más tierna edad, para que no se le desprecie, sino que se le eleve como lo que es, el motor mismo que engrandece o empobrece al hombre y a la sociedad en que vive.


Categoría
fecha edicion
old id
1014646
autor
Arnulfo Arias O. (opinion@epasa.com) |
Fecha y hora de publicación