Nuestra columna se refiere a la usanza de uno de los más trascendentes y difundidos entes del teatro clásico griego, caracterizado por la combinación de elementos dramáticos y cómicos, en el telón de nuestro turismo.
A mediados del siglo XX, dentro del género, se desarrolla el teatro de lo absurdo, obras escritas por dramaturgos gringos y europeos caracterizadas por tramas que parecen carecer de significado, diálogos repetitivos y falta de secuencia dramática que a menudo crean una atmósfera onírica. Ubíquese en su cómoda butaca dentro del remodelado Teatro Nacional, cuando nuevamente lo reinauguren por enésima vez, con un sistema de aire acondicionado mejor que el del aeropuerto de Tocumen, a prueba de apagones, para presenciar nuestra obra.
El preámbulo nos traslada desde la terminal de Albrook hasta el Casco Antiguo a bordo de un diablo amarillo, antes eran rojos, pero ya no los pintan, no por lo oneroso, sino por falta de imaginación y tiempo.
El frenético silbato del conductor y la ágil destreza del pavo nos permiten un rápido desplazamiento premiando con bocanadas de humo negro a conductores y pasajeros en la interminable fila de vehículos piratas que pretenden el cruce del Puente de las Américas, interrumpido por un retén a la hora pico de la tarde frente a la entrada de Panamá Pacífico, guarómetros a mano, recién programados para desconocer refrigerios de la destilería de Pesé.
El primer acto nos traslada al Palacio de las Garzas dentro de la anarquía existente posterior a la invasión, cuando de un plumazo se promulga la Ley 8 de incentivos turísticos que transformaría a nuestra capital en un oasis hotelero levantando las ruinas con millonarias inversiones dejando detrás recuerdos de la televisiva propaganda del compa del "excuse me" de la noche típica del Holiday Inn Paitilla, los desvelos del hotel La Siesta de Tocumen y las visitas por recién ataviados caballeros, en sus bolsillos húmedos pañuelos con aroma a colonia Jean Marie Farina, al cabaret Maxim, cómodamente ubicado al lado del hotel Panamá Hilton y frente al hotel Continental, en plena Vía España.
El segundo acto nos encuentra en la inauguración de la icónica vela de Punta Pacífica, impresionante mole de 70 pisos, donde el próximo presidente de Estados Unidos sonríe al despedirse en su helicóptero dejando al séquito istmeño varado por la incesante lluvia que hace regurgitar los obstruidos drenajes con multicolores brebajes llevando a flote llantas, cajetas y hasta una decapitada muñeca frente al supermercado 99.
El tercer acto se destapa en el Corredor Sur, donde un muy tatuado turista con pantalones cortos, pantuflas, camisa floreada y sombrero Panamá fabricado en Ecuador canjea la llanta a un transportista que olvidó la de repuesto teniendo que telefonear al primo Anacleto que demora más de la cuenta por falta de calcomanía y el pago de la coima al dependiente. Seguidamente, al arribo al hotel en Calidonia, el conductor demuestra su destreza en el manejo de la desvergüenza y la lengua de Shakespeare: "Fifty dollars, please".
El cuarto acto desvela la apertura de un megahotel de 7,253 habitaciones, con majestuosa vista al Canal, la bahía y la construcción del nuevo puerto multimodal, al lado del telarañoso nuevo centro de convenciones de Amador, construido gracias al hábil ingenio de un empresario en ofrecer en preventa las habitaciones por efectivo, preferiblemente en gajos de billetes de a 20 dólares, a falta de depósitos, resultado del reconocimiento por su labor contra el blanqueo de capitales al centro bancario de Panamá por parte de Gafi (Grupo de Acción Financiera).
El virtuoso empresario fundó un banco para aceptar depósitos mientras se define el plan de trabajo 2017-3000 del centro de convenciones. Para evitar los tranques y el cambio de llantas, el nuevo hotel cuenta con servicio de taxis acuáticos pilotados por plurilingües y amables socios colombianos del Club de Yates y Pesca.
El epílogo muestra la aeronave de Emirates aterrizando en Tocumen, posterior a su travesía de 17 horas y 35 minutos, sin escalas desde Dubái, cuando un sonriente director del aeropuerto notifica al asombrado primer pasajero que, a falta de la manga por el inusitado retraso del vuelo de Viva Colombia, desciende por una escalerilla a la pista, con atuendo árabe, canosa barba, la Biblia en una mano y en la otra el Corán, su nombramiento como ministro de Turismo por el presidente Varela, sin derecho a destitución hasta 2019, a pesar de que el individuo no habla ni jota de español. Aplausos, "please", o mejor aún "standing ovation". Vamos bien.
Empresario