El panorama era desolador. La horda hacía la larga fila producto de una campaña de marketing diseñada para el éxito. La noticia ocupó primera plana tras conocer que un fanático esperó hasta 33 horas por su postre gratuito. En las redes sociales, el fenómeno se comparó incluso con aquella aparatosa fila de comensales de jamones navideños que irrumpió a ritmo acelerado y fatalista, como de fin de mundo.
Es curioso, lo ocurrido parece la escena de cualquier filme sobre "muertos vivientes". Entre ellos, no hay diatriba ante ideologías de género, ni credos, política partidista o discriminación migrante. De hecho, el tono de cualquier discurso contiene ese rico aroma de supervivencia entre jamones y donuts, amén del incipiente estado anárquico.
Es más, de lo que ocurrió hace décadas, durante el saqueo posinvasión, proporciones guardadas, no se habla mucho, sino como anécdota de bebedera o catarsis "yeyé", pero guarda ciertas similitudes. Si bien esto pudo haber sido el primer episodio que recuerdo de la saga de muertos vivientes, ¿qué diferencia existe ahora en el comportamiento ciudadano tras los primeros minutos de un "Black Friday", el ingreso a los culecos en cualquier ciudad atestada de esa mezcla variopinta que comparte el aliento alcohólico, las filas detestables para la compra del último smartphone, la arrebatiña para ver de cerca al bachatero del momento y la sudada fuera del cine para entrar de primerito a la secuela del filme más popular?
En la actualidad, miramos "con asombro" a cada panameño que pasa por un incómodo episodio provocado ante una promesa, a propósito de la visión heredada de un clientelismo generacional y se olvida que, por momentos, Mateo 7:6 tiene una interpretación más profunda que la que se predica en tono de enseñanza o sarcasmo, pero nos parece normal cualquier golpe promocional que nos lleve a portarnos de igual manera.
Comparamos el lamentable episodio de la venta de jamones o la fila por el redondo postre con el serial "The Walking Dead", sin darnos cuenta de que, como sociedad panameña seguimos actuando en modalidad zombie. Allí pecamos y comulgamos sin asco, jugamos a perdonar ofensas ofendiendo, adulamos al travieso y le otorgamos cuotas de poder, hacemos circo romano de personas que pudieron cometer un acto culposo para ponerle la letra escarlata de por vida.
Somos nosotros los que destruimos reputaciones, elevamos a lúmpenes y les decimos parásitos a nuestros hermanos. Sí, somos así, y para colmo de males, nuestras generaciones escogen líderes encarcelados en estos mismos paradigmas de lo que parece seguir siendo una noble nación zombie.