Desde hace pocos días Solieh Samudio está en casa después de haber bailado durante dos años en Georgia (Europa) como miembro de la compañía de ballet de esa nación, que ocupa en su corazón un lugar importante. Tal y como lo fue esa etapa de su vida como bailarín que lo marcó para siempre y le abrió muchas puertas, además, le permitió ampliar sus horizontes personales y profesionales. Pero, sobre todo, conocerse a sí mismo, aquilatar la importancia de la familia, descubrir otras culturas e interactuar con ellas.
Opina que todos los jóvenes del mundo tienen sueños y derecho a concretarlos. Solo necesitan disposición, trabajo duro, mentores y jamás darse por vencidos.
Al principio y al final fue duro para él. Al principio, por la barrera del idioma (las clases eran en ruso, del cual no hablaba ni pío, ahora habla lo básico, al igual que de georgiano).
También fue difícil por el frío y porque añoraba su terruño. Cada día. Suerte que sabe cocinar, porque un panameño arrocero (no productor de arroz, consumidor de este, el clásico que necesita ver la montaña de arroz en el almuerzo) la pasa a gatas en un país donde este grano no es la comida principal.
Al final, porque no querían dejarlo venir. Profesoras y compañeros le preguntaban llorando: "¿Por qué no te puedes quedar?", y él respondió sin titubear: "¡Yo me debo a Panamá!".
Solieh se siente afortunado. Anhela que todos sus compañeros de ballet puedan tener oportunidades como él.
A este jovencito- egresado del Instituto Justo Arosemena- a quien se le ha visto bailar en Panamá y el exterior como primer bailarín del Ballet Nacional antes y los dos últimos años en Italia, España, Rusia y otras naciones europeas y Estados Unidos, además de la danza también le encanta el tenis, correr en su auto, cocinar arroz con pollo, ir al cine, dibujar y pintar.