Percepciones de un viajero

Por: Redacción 18/11/2017

Por respeto al tiempo ajeno anclé temprano cual acostumbro. Eran las once y media de la mañana del miércoles y mi caro amigo Ramiro me había convidado a un ágape con motivo de su onomástico en el elegante comedor de un club social de la localidad al mediodía. Aproveché para actualizarme sobre diversos temas en una de las computadoras de la biblioteca antes de retomar el vestíbulo. Con franca sonrisa, exacto a las once y cincuenta y cinco adivino mi anfitrión. Como suele ocurrir, los otros compañeros invitados se presentaron entre doce y media y una, sin la más levísima excusa, llegando a la conclusión que simplemente así son las cosas en el trópico, cero estreses, por algo vivimos más, y añadiría mejor, que los gringos, por ejemplo. Por supuesto que aproveché muy bien mi tiempo de entera privacidad con mi fratello para indagarle sobre su reciente viaje a Bogotá y Medellín en nuestra vecina Colombia, sitios que he visitado en múltiples ocasiones, intimando sus costumbres, particular cultura y gastronomía, no obstante, siempre indago al reciente viajero porque jamás se deja de aprender y siempre se descubren nuevas ocurrencias. Entre apetitosos palitroques acompañados de mantequilla europea, lo primero que resaltó Ramiro fue la amabilidad de la gente. Desde el agente de migración en el aeropuerto El Dorado, los mozos en el restaurante Andrés Carne de Res, los maleteros del Hotel Charlee en Medellín, los pasantes en el metro cable gratuito que comunica esa ciudad con sus barrios más modestos, asentamientos informales como suelen citar los lugareños, en las circundantes laderas del valle de Aburrá, las muestras de amabilidad y afecto visiblemente impactaron al visitante.

¿Por qué no podemos, si gozamos del ejemplo colombiano y tico, de un lado y del otro, arraigar esas costumbres que tanto impresionan a los turistas? Tomar un taxi en Colombia es una combinación del "si voy, con sumo gusto" y una enciclopedia en la cual el conductor se convierte durante el trayecto en un guía de turismo al apenas enterarse de la procedencia de ultramar de su afortunado pasajero intercambiando anécdotas e historia, haciendo del trayecto una placentera aventura, porque sí tienen bien claro que desean hacer una diferencia, imprimir una huella, dejar una magnífica impresión, logrando una propina que muchas veces sobrepasa el total reflejado en el taxímetro. Porque los taxis, como debe ser, están legalmente obligados al aparatito y no al cobro de libre albedrío, que suele multiplicarse, sin explicación alguna, si el pasajero es extranjero en nuestras latitudes. Continúa mi interlocutor su animado relato, no refiriéndose al pueblito paisa en el cerro Nutibara en pleno Medellín, con sus simpáticos restaurantes que ofrecen el plato regional, la bandeja paisa, y sus innumerables tienditas de recuerdos locales, sino a la basura, o más bien la falta de basura en los barrios pobres que circundan la ciudad. Simplemente no se ve, es arraigo cultural de la tierra de Nariño, extender una palmadita al niño cuando arroja un papel en la acera, porque desde temprana edad inculcan la pulcritud de sus ciudadanos, algo digno de imitar.

El encanto de los colombianos acompañado de, finalmente, la erradicación de una repugnante guerrilla que aguijoneaba tercamente la paz de sus habitantes durante más de medio siglo, complementado con un tipo de cambio que por fortuna nos favorece, sitios de recreo exquisitamente planificados y una gastronomía que aprovecha exprimiendo la última gota de cada fruto para deleitar el paladar del viajero, invita cálidamente al turista a repetir la experiencia en una variedad de climas y geografías que van más allá de sus principales ciudades. ¡Parece que nunca dejamos de aprender! Viajar nutre el espíritu, alimenta el alma y nos dota de ejemplos claros que imitar para mejorar nuestra oferta. Y allí empezaron a llegar los otros invitados, sin saber el sabroso aperitivo que descuidaron por su torpe tardanza. ¡Gracias, Ramiro, por compartir tus vivencias!

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