Pensando en nuestras realidades
Las piedras también hablan, cuando enseñan parte de la historia de un país; pero las viene a enmudecer a veces un bozal muy fuerte, que se llama falta de cultura y de conciencia cívica. Y ese es un mal del que adolece la nación. Prueba de ello la pudimos ver muy manifiesta en la demolición, hace unos días, del santo templo histórico de San Isidro Labrador en Capira. Pero hay otros templos, que son más terrenales, cuya memoria a diario se derrumba, por la mano irreverente de un sistema educativo que no busca edificar al ciudadano, haciéndole una recordación a diario de los grandes panameños de nuestro pasado, catedrales de civismo y nacionalidad, sobre cuyo esfuerzo hoy descansa la nación que conocemos.
Esa falta de recordación también se constituye en una destrucción de los valores, en una falta espiritual de guía nacionalista, que nos lleve a todos a buscar un mismo norte, sin dejar de un lado la preferencia personal política hacia la cual nos inclinamos. Estamos en el mismo barco; aunque no muchos lo saben. Porque mientras algunos reman contra el curso, otros se empeñan en cambiarlo cada cinco años. La carta de navegación se hace y se deshace, y los pasajeros, ciudadanos todos que pagaron ya un pasaje sin retorno, sienten que nunca llegarán a su destino.
Pero no hay que dividir a nuestros ciudadanos entre buenos y malos, como algunos hoy pretenden en medio de enfermiza satanización; hay que dividirlos sí, pero solo entre los optimistas y los pesimistas; los que creen que la nación merece días mejores, aunque aún no se vislumbren, y los que piensan que sembrando divisiones y estancándose en disputas viscerales lograran hacer surgir la patria. Estos últimos no saben que si el curso de su vida es ese solamente, quedará en un archivo registral civil y polvoriento, por siempre, su nombre y apellido y que de su memoria ha de quedar copia de su cédula expirada como único legado.
Cada año, 2000 millones de dólares ingresan en promedio por nuestro Canal; y cada año, se evacúan y pagan 2000 o más millones, en promedio, en salarios públicos. Por un solo carro, con categoría de lujo, que adquiere alegremente un funcionario público para “honrar su cargo” y desde alguna institución, se pagaría el equivalente, tal vez, de más de tres viviendas de bajo costo social, pero dignas de nuestros ciudadanos o se repararían las condiciones de más de cuatro o cinco escuelas en estados deplorables para nuestro estudiantado. Un hogar obrero que vive en la afueras próximas de nuestra capital, puede pasar dos a tres horas desplazándose desde su casa a su trabajo y desde su trabajo a casa, con lo cual su calidad de vida y tiempo con los suyos disminuye en proporciones alarmantes; el costo de la vida es, en promedio, mucho más caro para los sectores más necesitados de nuestra población, porque al comprar únicamente lo que a diario necesitan, las abarroterías recargan costos de aquello básico que solo por un día consumen para sí y para toda su familia. La agricultura familiar de nuestro interior se practica menos cada día y, hoy, han disminuido de manera muy considerable las generaciones de aquellos que se dedicaban dignamente a esa tarea, por falta de incentivos personales y estatales, y por un olvido cuya culpa acarreamos todos como sociedad. En un país catalogado como líder de los índices de economía de la región, cientos de estudiantes deben desplazarse hasta sus escuelas atravesando ríos sin pasos y sin puentes, en la misma forma en la que cientos y cientos de sus educadores hacen grandes sacrificios para cumplir con su labor sana y edificadora. A pesar de todo ello, pienso que no debemos nunca perder norte, esforzarnos por los cambios sociales y exigirlos, luchar a diario por comprender nuestra nación y asimilarse a causas productivas y sociales que nos duren más que solo unos quinquenios de una política que se apega más al fin electorero que a una visión de patria, en la que debemos encontrarnos todos algún día.
Abogado