La seguridad de invernadero
Recuerdo que mi padre, hace muchos años ya, tenía el curioso pasatiempo de crear invernaderos dentro de botellas; diminutos bosques húmedos encerrados en la seguridad de su cristal. Deleite para quienes lo contemplaban, esas pequeñas creaciones hacían la fantasía infantil volar hacia otros sitios, lo que resulta natural y propio en esos años. Con el pasar del tiempo, sin embargo, me doy cuenta de que todos vamos creando nuestras propias burbujas de cristal, detrás de las cuales nos aislamos en pequeños grupos que tienen la tendencia de olvidar todo aquello que sucede en la nación.
Aislados así, no nos damos cuenta que los semilleros de nuestra juventud comienzan a adquirir educaciones deficientes dentro de un sistema, y que la mayoría de los actores de la vida pública, en vez de edificar con su conducta, dejan más bien rastros de un camino fácil hacia el mejoramiento personal, que no termina nunca permeando hacia la propia sociedad que los elije. En el estómago de los más necesitados fija el político criollo la esperanza de su voto; no le importa, en lo más mínimo, el desarrollo personal de aquellos que lo eligen, sino que le conviene cultivar, en forma prolongada, los estados de necesidad perpetua, de los cuales se declara salvador coyuntural. Cientos y miles de panameños, por su precario estado de necesidad, se sienten atraídos hacia esos actores de la vida pública que se convierten en amparo y en refugio momentáneo; pero que al final no resultan mejores que una medicina que se vende sin receta: alivian los dolores, pero nunca sanan los tormentos de la enfermedad. Los eternos remedios, pero no las curas.
Así, todos tendemos a caer en aislamientos, como la forma segura de tener algo de esperanza en un ambiente controlado. Pero así como se rompen paradigmas, hay también que romper esos cristales que nos alejan de las realidades que todos hoy vivimos como una nación. Para comenzar, debemos realizar que nuestro país no es una economía de primer mundo. No nos dejemos engañar por el espejismo falso de los índices que elevan al país sobre el resto de las condiciones clásicas que viven nuestros vecinos en Latinoamérica. Las realidades de un sistema colapsado hacen golpe en nuestra vista; las realidades de un aseo público que es deficiente golpean nuestros olfatos; y las realidades del alto costo de la vida impactan las economías de las familias. Comencemos, pues, por reconocer las deficiencias que anegan a la sociedad en todo tipo de carencias, desde espirituales-culturales, hasta educativas y de salud. Si se sigue haciendo todo igual, nada podrá cambiar. Puedo entender a aquellos que, ante la perspectiva gris que nos presenta el escenario patrio, ya se han dado por vencido; y piensan que nuestro país ha asumido la condena colectiva de seguir igual por siempre. Sin embargo, no se trata tanto de lo que pensamos hoy, sino de lo que los hombres del mañana, que heredarán este país, piensen de nosotros. Dejemos, pues, el aislamiento, y comencemos a vivir en solidaridad de patria.
Abogado