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Recuerdos invasivos
Fue aquel 20 de diciembre de 1989 cuando, al ir a comprar las acostumbradas roscas de pan de huevo para amenizar el desayuno, nuestra vecina Laya me informó que algo ‘muy grande’ había sucedido en Panamá. Ignorantes de la magnitud de los hechos, esperamos el bus colegial y, como siempre, asistimos a tomar clases en el Primer Ciclo Secundario de Guararé; no obstante, nada ya era ni volvería a ser como siempre. Las puertas de la escuela estaban cerradas si mal no recuerdo. Nuestro conductor Diomedín nos llevó a un taller de herrería o algo así, aunque nunca entendí para qué. En ese momento, me sentí aliviado como en cualquier otro día feriado, aún sin tener siquiera la más mínima idea de que a 155 kilómetros de distancia, miles de panameños (más de un 95% civiles, por cierto) habían sido masacrados en el nombre de una “causa justa”, que más se pareció a una prueba de laboratorio para medir la capacidad de destrucción del arsenal bélico estadounidense que, unos años más tarde, sería utilizado en el Golfo Pérsico, con fines similares, pero contra un enemigo y en circunstancias muy diferentes.
Al regresar a casa, los medios noticiosos cubrían confusamente los hechos. A mis 14 años, no comprendía bien quién estaba manejando la información. Recuerdo el haber leído en repetidas ocasiones las aún para mí indescifradas ‘clave cutarra y “clave ardilla” en una cejilla en la parte baja de la pantalla del televisor blanco y negro marca Nec, que milagrosamente duró 17 años. En mi memoria, perduran fugazmente las imágenes televisadas de combates, cadáveres tirados por doquier en las calles, y el despreciable saqueo, invasión paralela de la que la Ciudad de Panamá fue víctima por parte de mis compatriotas aquel fatídico día que antecedió a una navidad luctuosa. Prontamente, comenzaron a aparecer mercancías baratas e incluso gratuitas, mientras que pocos se tomaban la molestia de pensar en el costo económico y humano que nuestro país había acabado de sufrir.
Los días transcurrieron de una forma bastante anormal. A diario escuchábamos historias de enfrentamientos entre las fuerzas del Comando Sur y los últimos bastiones de la resistencia panameña. Aquellos “valientes” milicianos seducidos por distorsionadas ensoñaciones de “soberanía” y “patriotismo”, o por conveniencia económica y ansias de poder, que una vez sometieron a un pueblo desarmado seducido por los hoy autodesacreditados “civilistas”, entregaban sus rudimentarias armas, huían despavoridos y se refugiaban en casas de familiares o en los languidecientes parches de bosques santeños. Esto contrastaba radicalmente con los despliegues de “fuerza” y “coraje” que el Estado Mayor y sus fieles, machete en mano, habían hecho con anterioridad al declararle la guerra al gobierno de EUA y desafiarlo, sin contemplar las consecuencias que esto tendría para todo el país. Como bien dicen, no es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar.
Fue precisamente en uno de los “bosques” antes mencionados donde experimenté con mayor cercanía la invasión a Panamá. Como buen santeño, desarrollé una afición por el maltrato animal a muy temprana edad, pero de forma no tan letal como solía suceder con el resto de mis coterráneos antes del advenimiento de los zooenmancipadores tecnológicos, tales como los vídeojuegos y celulares. Mi amigo Tatín y yo frecuentábamos los cerros de Chema Espino (q.e.p.d.), a fin de ávidamente capturar y cruelmente aprisionar bin bines (pequeña especie de tángara) en jaulas artesanales, por el simple placer de apropiarnos de los ejemplares que más cantaban en su melancólico encierro y, por ende, más víctimas emplumadas atraían hacia nuestras trampas. Estas mismas fueron las jaulas con las que ingenuamente saludábamos a los helicópteros apaches que nos sobrevolaban por estar ocupando el mismo espacio donde supuestamente se había refugiado un destacamento de batalloneros de la “dignidad”.
Las casas de algunos seguidores del entonces ‘Hombre Fuerte de Panamá’ eran allanadas en busca de armas. Esto provocaba gran conmoción en las comunidades, aunque no faltaban quienes expresaban su gozo por tal medida, por apatía ya fuera hacia el régimen, a sus ungidos o hacia ambos. Mi abuela (q.e.p.d.), por su parte, se encariñó con la figura de los arios soldados que, con sus botas, rompían el silencio de las calles de mi pueblo Perales. Recuerdo que decía que se veían ‘bonitos’ mordiendo las cadenas que colgaban de sus cascos, cosa que nunca pude corroborar. Según cuentan, en otras locaciones, algunas féminas fueron mucho más “osadas” y saltaron cercas perimetrales para, tal como hacen los bonobos con sus invasores, aparearse con los llamados 'gringuitos'. Paradójicamente, en la mayoría de los casos, estos encuentros fortuitos solo sirvieron para engendrar vástagos rubios y paternalmente huérfanos, más que visas para un sueño.
Con bastante claridad, también recuerdo lo que mi papá y mi hermano Yiyín (q.e.p.d.) experimentaron, cuando el bus en el que viajaban hacia el Girón (pequeña comunidad después de Las Trancas de Guararé) a fin de atender un ganado, fue interceptado por los soldados estadounidenses, quienes, movidos por la paranoía imperante en esos momentos, los hicieron que se bajaran y arrodillaran para inspeccionarlos y así poder percatarse que ellos, al igual que el resto de los pasajeros, no eran peligrosos guerrilleros sino asustados civiles.
Al avanzar diciembre y enero, la captura de bin bines se volvió poco próspera, por lo que no demoramos en encontrar un paliativo en la pesca en el Río Perales, un prodigioso arrollo donde pasé grandes momentos de mi infancia tardía y adolescencia temprana. Este lugar, hoy día reducido a una estéril corriente de agua por la destructiva inconsciencia e inconsecuencia humana, era el hogar de 7 especies de crustáceos, 10 de peces y 1 de anguila. Fue precisamente después de un infructuoso día de pesca, por supuesto acompañado por mi amigo Tatín, cuando me enteré que el año escolar sería suspendido, a lo que reaccioné con una alegría indolente hoy vergonzosa, sobre todo si se consideran los hechos que habían provocado tal decisión.
Casi 30 años han transcurrido de aquel lamentable evento que nos liberó del yugo militar, el cual pronta y hábilmente ayudamos a convertir en yugo civil. Hoy día, además de lamentar mi inconscientemente egoísta actitud de aquel entonces (incluyendo el aprisionamiento de los bin bines), evalúo los hechos vividos antes, durante y después de la invasión, y, a decir verdad, ya no sé ni a quién llamar opresor ni redentor. De hecho, ya no sé qué era peor, el ver en aquel entonces a mi mamá haciendo malabares con el 60% de su salario de maestra de grado para sostenernos con los ya casi olvidados pagarés, a mi abuela exprimiendo la leche cuajada para hacer quesos artesanales que luego salían a vender inciertamente, porque las plantas de procesamiento de productos lácteos había dejado de operar, o el ver cómo el poder adquisitivo de la clase trabajadora decente de este país es reducido a niveles incluso peores que en los albores de la invasión; el haber sido emancipado del temor a los militares tiránicos para vivir prisioneros del temor a los hampones que, auspiciados por nuestro hipercondescendiente sistema judicial, asolan nuestras vidas a diario; o el que la gente, en vez de ser desaparecida por el régimen dictatorial, aparezca ajusticiada al borde de las carreteras, o muera por falta de medicamentos o tratamientos médicos en los servicios de salud pública o por la inasequibilidad de estos en los privados.
Muchos no vacilarían en afirmar que el precio que pagamos por la invasión bien valió la pena, ya que recuperamos la añorada “democracia” (mejor dicho, plutocracia), un concepto bastante sobrevalorado en un país, donde la voluntad de la mayoría casi siempre riñe con la razón. También recobramos la anhelada “libertad”, a la cual no podemos acceder debido a la privativa condición económica en la que vivimos la mayoría, y terminamos perdiendo hasta la dignidad por adquirir un humillante jamón “navideño”. Otros un tanto más “pragmáticos” dirían que, gracias a lo sucedido, "prosperó” la economía, aún cuando esto haya sido el resultado de dudosos “negocios” y en beneficio de apenas el 10% de la población.
Si vemos la invasión como una relación costo-beneficio, surgen las siguientes interrogantes: ¿Valió la pena todo el sacrificio?, ¿fue necesario todo el despliegue de capacidad destructiva para enfrentar a un “ejército” armado precisamente con lo obsoleto del arsenal bélico estadounidense?, ¿fue el abominable Dictador, odiado por el 80% de la población (incluyéndome), en realidad un profeta al vaticinar que quienes lo sucederían serían peores y, sobre todo, ¿aprendimos algo de nuestros errores?
Lo que sí tengo claro es que esos 10 mil (según Noam Chomsky), 3 mil quinientos (según el criterio más aceptado), 700 (según las más hiperconservadoras estimaciones), o quién sabe cuántos panameños y de los 6 militares estadounidenses que perdieron sus vidas a raíz del escarmiento (término comúnmente disfrazado de justicia y libertad) que, como en muchos otros casos, el Gobierno de EUA le dio a uno de sus otrora eficiente sirviente por haberse convertido en una incomodidad, poco ha calado en nuestras conciencias colectivas. Esto contrasta con lo que sí ha sucedido con otros pueblos que, de la tragedia y el sufrimiento, han aprendido a valorar y cuidar sus países, y han desarrollado la resiliencia que les ha permitido progresar como nación, no solo dudosa e inequitativamente inflar sus economías y promover la inequidad.
Centro Especializado en Lenguas/ Universidad Tecnológica de Panamá/Centro Regional de Azuero.