Magistrados de la Corte: ¡Todo sigue igual!
Soy un abogado que, en no poco tiempo, habré de cumplir casi tres décadas y media de ejercer la abogacía, intensamente, en mi país. Han sido años de la más absoluta y plena dedicación. Como abogado litigante he recorrido casi todos los juzgados o tribunales de mi país: municipales, circuitales, tribunales superiores y Corte Suprema. Creo que son muy pocos los despachos tribunalicios que no he pisado. En ese sentido, desde Puerto Armuelles hasta David, Tolé, Remedios, Santiago, Aguadulce, Penonomé, Antón, San Carlos, Chame, La Chorrera (en donde ejercí la abogacía por seis años), Taboga, Otoque son algunos de los lugares que puedo recordar y mencionar y en donde he ejercido la abogacía como abogado, básicamente, dedicado a las defensas penales o en donde requerían mi presencia como abogado asesor o consultor. Obviamente, en donde más intensamente me ha correspondido ejercer ha sido en los tribunales ubicados en la ciudad de Panamá, sin descartar el populoso distrito de San Miguelito, en Juan Díaz, Alcalde Díaz, etc.
He ejercido, del mismo modo, la docencia por más de 25 años. Hasta en el derecho marítimo incursioné, en una ocasión, tras la atención de un caso que sentó valiosa jurisprudencia en Panamá (en ese caso intenté hacer valer la tesis de la excepción a la inmunidad jurisdiccional internacional de las naves propiedad de un Estado). Mi perito forense en dicha audiencia fue el célebre maestro y jurisconsulto panameño Juan Materno Vásquez. Sin embargo, confieso que la especialidad mía lo es el derecho penal y el derecho procesal penal, materias estas en las que he escrito varias obras, algunas, modestamente, objeto de citación por alguna corte suprema de justicia latinoamericana. Hago estas precisiones dado que soy respetuoso de la especialidad que ostentan los colegas, pues no todos podemos ser penalistas y no todos pueden ser civilistas. Reconozco la formación y especialidad de colegas en el derecho marítimo, migración, aéreo, deportivo, marcas, industrial, derecho de autor, administrativo, laboral, agrario, comercial, civil, etc.
En este mundo forense, los abogados que, realmente, litigamos nos conocemos. Solemos encontrarnos en los tribunales y, cuando no, en los pasillos de los edificios que alojan a dichos despachos judiciales. Cortésmente, con sumo respeto, nos saludamos, queriendo con dicho saludo rendir honor al abogado que, día a día, a horas muy tempranas, se asoma a los tribunales en búsqueda de la justicia del caso y en pro de la parte que representa, abogados que no descansan y para quienes, casi nunca, hay un mes de vacaciones o días de asueto. En la psiquis de un auténtico abogado litigante no aparece en agenda el ocupar el cargo de la magistratura, pues al final de cuentas nos sentimos jurisconsultos de la patria, docentes y maestros en el derecho y esto no tiene rango para comparar. Somos auténticos apóstoles de la abogacía. Creemos en el derecho y la justicia, aun cuando al derecho quieran torcerlo y a la justicia quieran mancillarla o violarla, constantemente.
Ambos, derecho y justicia, siempre tendrán de aliado, a nosotros, los abogados verdaderos. El hombre o la mujer que estudia las leyes, el Derecho de un país, o el Derecho Comparado o que se introduce en las profundidades de la ciencia jurídica y en los caminos a veces insondables de la filosofía del derecho, sabe muy bien que, siempre, habrá quienes querrán torcer el derecho y la justicia. Sirva este introito como introducción a toda esta parafernalia que hemos advertido frente a la nominación del Ejecutivo de la República de dos damas abogadas, como la propuesta potable de Gobierno para ocupar el cargo de magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Una en la Sala Penal y la otra para la Sala Civil. En medio de las escaramuzas políticas y de un escenario político que se presenta oscuro y turbio, amén de la más dudosa seriedad en los comportamientos de los personeros del Gobierno, diversos sectores de la vida: empresarios, políticos, economistas, líderes de opinión, líderes en redes sociales, periodistas de mucho fuste, abogados de renombre y tanto más, hemos manifestado que la designación así hecha es, por demás que funesta, inoportuna.
Independientemente de que haya o no litigado una de ellas en los tribunales en la forma como lo describo al inicio de este escrito y de los calificativos expresados en contra de una fiscal de quien tuve el mérito de ser su profesor, debo manifestar que ni la abogada de las finanzas ni la licenciada Zuleyka Moore son el “arjé o esencia del problema”.
Creo que la cuestión hay que verla con lupa de gran acercamiento, examinarla con mucho detenimiento y seriedad. A mi juicio, lo que evidencia todo esto es que el Gobierno, reputándose "democrático", lo que realmente demuestra es el desprecio absoluto a la opinión pública tras la expresa y manifiesta indiferencia al disenso social.
Se le da la espalda el pueblo. Muestra ofensiva de que el pueblo no cuenta y que la opinión de las mayorías, en este país, tampoco vale. Ese ha sido, a como tantos otros, el pecado mayor. El Ejecutivo no ha tomado en cuenta la posición de una sociedad o de un pueblo que todo lo que ha pedido ha sido transparencia.
Y créame, señores del Ejecutivo, designar o nominar a la esposa de un viceministro del Gobierno y recomendar a una fiscal que ha sido pieza clave en lo que se ha denominado la justicia selectiva en este país, de seguro que no tiene nada de transparente. Pues surgen muchas lecturas que de seguro en nada ayudan al Gobierno ni a la transparencia.
Cómo se habría fortalecido el Gobierno y su primera figura ante la faz nacional, ante el pueblo, dando tan solo dos nombres, hombres o mujeres, de los cuales la nación entera hubiese dicho satisfactoriamente palabras de encomio y de congratulaciones.
Abogado.