Es el Recuerdo

Por: Redacción 30/12/2017

Aun en estas postrimerías tecnológicas, en esta alocada época de fidelidad digital, en la que nos angustia el vacío al alejarnos brevemente de nuestro telefonito digital, allí donde está pautado el detalle de nuestra existencia, rastreo con ahínco el librito, la agenda anual donde, chapado a la antigua, he de garrapatear los pormenores y quehaceres de otro año más u otro año menos, dependiendo cómo se ojea el calendario.

A finales de cada año engendro un recuento, celebrando, armonizado el nacimiento del Niño Jesús y la vida de mi padre. Analizo los pormenores de la existencia, las cosas idas y por venir. Un paréntesis, un cafecito cerebral, una ojeada al libro de la vida y sus fascinantes capítulos.

Nos obsequia Ricardo Miró, ese bohemio de las letras y del amor al terruño, cannabis creativo, desde Barcelona, la ciudad de Gaudí, las Ramblas y del Barça, a finales de la primera década del siglo pasado, cuando el traslado hacia esos lares era a bordo de vapores que aturdían con el ir y venir de las vigorosas olas del profundo Atlántico, travesía de varias semanas, anterior al naufragio del Titanic en 1912, cuando Alemania reinaba con su novel tecnológico, el buque de cuatro chimeneas. Solo habría necesitado dos para el funcionamiento de sus calderas, pero un mayor número de chimeneas daba a los pasajeros una mayor sensación de seguridad y potencia de la que las navieras harto aprovechaban. ¡Hasta entonces reinaba el "marketing"!

"…pedazos de la vida envueltos en jirones de amor o de dolor, la palma rumorosa, el huerto ya sin flores, sin hojas, sin verdor … los viejos senderos retorcidos que el pie, desde la infancia, sin tregua recorrió, en donde son los árboles antiguos conocidos que al alma le conversan de un tiempo que pasó".

Nótese que don Ricardo no nos narró los pormenores de sus trapos ni su modo de transporte ni detalles sobre cosas materiales, sino más bien remembranzas que empapan al alma. Así mismo es la vida, llegamos desnudos y así nos vamos. En su grandeza, el Padre nos dotó de memoria para poder disfrutar, releer, saborear esos capítulos de antaño. Como bien dice el refrán, lo vivido nadie te lo quita. Tarde o temprano las piezas del rompecabezas terminan encajando.

A sus 92 abriles, recientemente ausculto, preñada de detalles, la narrativa de un viaje de tres meses a Europa en 1958, que me obsequia mi madre, Mercedes, acompañando a mi papá a un cursillo de urología en Barcelona y la celebración de sus bodas de plata profesionales en Bruselas, aprovechando de sobremesa una gira continental, trenes y naciones, los cerritos de la Toscana italiana, el pintorreado Mediterráneo sobre la costa azul en Mónaco y los lagos cristalinos de la suiza alemana. Esos recuerdos ¡no tienen precio!

En estos ciclos del materialismo, tarjetas de crédito, regalos y estrenos de vanidades de la última moda, la genialidad de Miró nos invoca el verdadero sentir de nuestra existencia: "… dejadme el viejo tronco donde escribí una fecha, donde he robado un beso, donde aprendí a soñar". ¡Feliz Año Nuevo!

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