Sobre magistraturas y magistradas
Salvo que la experiencia me burle, creo que “tenemos magistradas” y que el humo blanco que anuncia la elección no saldrá precisamente de lugares sacrosantos, sino más bien de nuestra Asamblea Legislativa, tan cuestionada hoy por nuestros tiempos y mañana por la historia. Resulta loable, por un lado, que se cumpla con la formalidad de abrir la cortesía de sala para que la opinión pública pueda presentar en comisión sus inquietudes al respecto; pero me pregunto, yo, si esa opinión pública, que luego citarán como ampliamente consultada, es el sentir muy verdadero de nuestra población trabajadora, inmersa en sus quehaceres de tipo familiar y ocupada verdaderamente en el devenir de sus propias vidas. Esa opinión no será consultada en comisión, lo más cercano a su expresión podrían ser esas redes, que se constituyen hoy en un verdadero mecanismo para el intercambio de opiniones. De allí que dos días de “consultas públicas” no sean sino una señal clara de tambor batiente y arreglos de recámara, en los que en nada participa el que fuera alguna vez el elector.
Pero, debo advertir, que son precisamente esas jugadas inconsultas de los pocos las que han llevado a nuestra población pensante a su presente estado de saturación y descontento. El político por vocación se ve empañado, muchas veces, por el político elegido. Los partidos han perdido ya su condición de resonancia de la colectividad, compuesta siempre por tantos y tan diversos intereses, que necesitan conciliarse en sociedad. La llamada sociedad civil, a la que en teoría debería pertenecer todo ciudadano, ha quedado inadvertidamente en manos de personas que se distancian poco del ambiente que es refrigerado y se alejan mucho de la idiosincrasia nacional.
Así como en la fe la salvación es cosa personal del individuo, también la salvación del ciudadano es dada por su propia mano. No se acoja el mito aquel de que el poder público se limita al voto electoral, porque cada voz individual respecto a temas nacionales también suma, también hace girar la rueda de las decisiones. Por eso, dejemos todos ese estado cómodo de inercia y expresemos la opinión individual en forma pública, por medio de canales regulares y modernos al alcance de las mayorías. Callar en temas nacionales no es una opción, sino una verdadera irresponsabilidad del ciudadano y una desidia personal del individuo. En temas como la elección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia, todos absolutamente tenemos una voz, aunque no un voto.
Abogado