Sobre la “muerte civil”

Por: Redacción 22/01/2018

Puedo comprender la desesperación genuina de muchos ciudadanos que, al sentir niveles de impotencia ante el atropello sistemático de sus derechos, deciden apoyar cualquier iniciativa que busque poner bozal y rienda a la fauna de depredadores que, en su mayor parte, nos ha dado la política criolla. Y, sin, embargo, cuando la legislación, y sus limitaciones, tratan de apropiarse de los temas que sencillamente corresponden a la Naturaleza y sus propósitos, viene la inutilidad evidente de las normas. La muerte, o más bien, la ausencia de vida, como biológicamente conocemos, es un tema que al ser humano no le corresponde legislar. Por eso, la llamada “muerte civil”, es un simple subterfugio que se irá oxidando prontamente en el olvido, por su inutilidad en la práctica. La norma puede llegar a ser muy severa de verdad, pero inútil en su aplicación; tomemos por ejemplo esas condenas tan absurdas que se fijan de por vida y que, supuestamente, han de tener alcance hasta después de muerto el condenado. Ya lo había dicho el gran Lincoln en su discurso de Gettysburg, el hombre, en su pequeñez ante la Ley Universal, no puede consagrar las cosas, ni santificar siquiera la misma tierra en que camina. Mucho menos podrá, entonces, imponer a lo biológico, por medio de una norma, la similitud de expiración alguna. Una vez, solamente, muere el hombre, y esa es la única verdad a la que podemos apegarnos en temas como esos.

No cabe duda, se podría muy bien implementar todo tipo de disposiciones para que aquellos que conducen nuestra nave pública queden sujetos siempre a rendición de cuentas y hasta buscar la forma en la que, de manera obligatoria, deban sufrir hasta el escarnio público y desprecio de los ciudadanos; pero, más que nada, hay que concentrarse en medicina preventiva que vaya corrigiendo paulatinamente aquellos males y no así en el remedio que a menudo aplica al controlar malezas, rociando con veneno lo bueno entre lo malo. La educación que viene desde el vientre, la que se delega de manera inapreciable de generación a otra, los enaltecimientos de personas que son luces en medio de la oscuridad, el cultivo cuidadoso de los pensamientos cívicos en nuestra juventud, podrían ser todos mecanismos que van a la raíz de los problemas, en vez de cercenar las ramas que, dañadas ya, no encuentran cura ni remedio. Busquemos, pues, formas más sinceras de lograr remedios para nuestra sociedad y que no pretendan endiosar las leyes a niveles que no nos corresponden.

Abogado