Renovando el Turismo
"Quiubo. ¿Qué haces durante Carnavales?" resultó ser la pregunta de rigor durante esta semana de preparativos. Tradicionalmente las casas de empeño hacían su domingo en esta época, donde se tomaba muy en serio el rito de Azuero y resultaba elegante notificar al curioso nuestro traslado a un hotelillo, casa de familia u hostal de amigos en los distintos parajes de la península más folclórica del istmo. Porque el Carnaval era suntuoso, capítulo veraniego de jornada de escape para presenciar la esencia de lo nuestro. "Me voy para Bogotá. De camino hacia la villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín. Pa Cali a rumbear, compa. Yo, ¡nosotros nos vamos a Cartagena!". Los vuelos de Avianca están hasta el tope de panameños. ¿Por qué? Con un peso por el suelo, con destinos harto bien planificados por un Ministerio de Comercio, Industria y Turismo de Colombia que se toma muy en serio su labor, con una población desbordante en atenciones, amabilidad y detalles, con una guerrilla parte de un negro pasado, así como nuestra cacareada revolución octubrina, se perfila el vecino sureño como el México sudamericano en turismo.
Y para aquellos que insisten en carnavalear, como solía ser antes, entonces Barranquilla ofrece unas fiestas carnestolendas cuyos inicios se remontan al siglo XVIII, espectáculo de juerga costeña, de allá del caribe colombiano, de raíces africanas, indígenas y españolas. También rasca la curiosidad un carnaval más tradicional en el sur de la tierra de Nariño, en la ciudad de Pasto, cuya vigencia se remonta a 1912. El Carnaval de Negros y Blancos se celebra entre el 2 y 7 de enero, culminando con monumentales carrozas en el Desfile Magno, recientemente declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por Unesco, considerado el festejo que mejor resalta la libre convivencia de razas en nuestra América. ¿Qué ha acontecido en el istmo? ¿Qué nos pasa en la tierra del derroche, de la parranda y de aquellas celebraciones con Lucho Azcárraga, Papito Baker y los desaparecidos Diablitos Sucios? ¿Qué ha sido de los bohíos tradicionales como el Agewood, y las espléndidas reinas del Club Unión, aquel del casco antiguo? Serpentinas y bombitas son temas del pasado, en un Panamá estéril de detalles, donde un jefe de Pub Herrerano surge como maestro de ceremonias en un turismo majadero que se mide más por ventas en centros comerciales en medio de un descomunal tranque sobre descascaradas autopistas donde eternamente reina el desorden y juegavivo por ausencia de agentes y ejemplares multas.
Como borroneaba con sangre henchida en patriotismo, Don Ricardo Miró en Barcelona, por allá por 1909: "En vez de estas soberbias torres con áurea flecha…" En lugar de desbaratar las áreas verdes de una Cinta Costera plasmada por Odebrecht, en deslucidos actos de tercera, ¿por qué no planificar, arraigar, presentar una visión de lo que era y de lo que puede ser, Carnavales de verdad, Carnavales de lujo, con la abandonada torre de Panamá Viejo como fondo, en un teatro que se presta, que se presenta a la celebración de sus 500 años, como esencia de lo nuestro?
Que los turistas no vengan porque el traslado aéreo desde Miami cuesta la bicoca de $600 en Copa y hasta $800 en American Airlines, es una cosa. Que los nuestros se vayan, ya no tanto a Cancún sino a Colombia, es un insulto a nuestra inteligencia, realidades de un turismo que los políticos niegan tomarse en serio, en un destino que derrocha de, como bien dice el diario "The New York Times": "vergüenza de belleza tropical". Duele sí, y ¡duele mucho! Todo eso cambia cuando harto de la vil mentira de continuadas generaciones de inservibles funcionarios, empecemos a tomarnos en serio la tarea de gobernar, de desarrollar, de sentirnos nuevamente orgullosos por lo nuestro y de esbozar un genuino turismo como bien lo están engendrando al sur de nuestras fronteras.
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