Otro hotel más
Francamente no lo sabía. Me rascó el cerebro la consulta periodística al recibir una llamada para discurrir mi opinión sobre la apertura de un nuevo hotel en ciudad de Panamá. Tuve que reaccionar al vuelo, así como las supercomputadoras, enfocando todo su poder en un solo problema.
La respuesta común pudo haber sido: ¿otro parador para qué? Después de todo, el sector sufre las torpezas de sus paladines, que zozobran entre la mediocridad y noticias falsas con inverosímiles cifras que ni ellos mismos se creen. Porque pensar que el turismo en Panamá va bien es un sueño cuajado de cannabis de variedad barata y adulterina vanidad.
Pero analizándole bien, un hotel es como el teorema de la construcción de edificios, porque un teorema es una proposición por medio de la cual, partiendo de un supuesto (hipótesis), se afirma una verdad (tesis) que no es evidente por sí misma.
Si un grupo de inversores tiene la visión de erigir sobre un lote baldío una edificación que suponga un dolor de cabeza en tiempos de precios muy mañosamente variables en materiales, certeras coimas para la agilización de permisos y temerarias huelgas por parte de una mano de obra zoqueta, debe ser porque los banqueros están nadando en efectivo a tal punto que los intereses en sus plazos fijos son irrisorios y no queda mayor alternativa que aventurarse en lo que vociferaríamos como Emprendedurismo 101, la materia obligatoria que tanta falta hace en las facultades universitarias tropicales de administración de empresas.
Si en Panamá, a pesar de un oleaje político que mece las turbulentas aguas fétidas de la bahía, con calles inseguras y repletas de baches y tranques que obligan a la definición del auto ideal para las circunstancias, porque el que tiene un auto de lujo aquí, entre rayones amarillentos y el hurto de copas, o cualquier otro símbolo de afluencia expedita, debiese consultar a su psiquiatra, continúa la construcción de torres a un ritmo irregular, que escupe la inteligencia común, ¿por qué no otro hotel?
Examinémoslo bien. Al principio, por allá a mediados del 18, cuando a raíz de la fiebre de oro de California se construyó el Hotel Central en la plaza Catedral, se hizo por necesidad y para llenar un vacío. Entonces, la inversión no era de manera alguna cuestionable. El teorema era perfecto.
Otro gallo canta a finales de la segunda década del 21. O los inversionistas están totalmente tostados, o apuestan a un futuro en turismo, hasta ahora incierto, repleto de vaivenes y tropezones, o cuentan con un plan maestro que embauca la credibilidad del más conservador banquero y un turista imaginario que allí se hospedará por sus particulares atractivos, así como le hacen en los faraónicos hoteles de Las Vegas.
Panamá es la tierra de lo increíble. Justo esta semana, borramos el nombre del hombre más poderoso del mundo del supuesto hotelito en forma de vela en Punta Pacífica. Soberbia aventura que increíblemente aún no ha ocasionado ningún tuit crepuscular del duende de la Casa Blanca.
Entonces, en un mundo preñado en competencia, donde reina el "laissez faire" económico, no debiese ser noticia la inauguración de un nuevo hotel, aunque sí dolor de cabeza, mejor letrado profundo traumatismo craneal, al resto del gremio hospitalario capitalino, porque tendrán que reinventar el concepto de servicio con un común denominador de creatividad para aumentar sus vacuas cifras de ocupación. ¡O apostamos por un cambio en la conducción del turismo o estamos destinados al fracaso rotundo!