Condena al inocente
La naturaleza humana nos obliga a clasificar lo que observamos con el objetivo de procurar la supervivencia, es por eso por lo que otorgamos un nombre o etiqueta a aquello que nos rodea. Sin darnos cuenta, al nombrar cambiamos la naturaleza del fenómeno u objeto. Un ejemplo de ello es el bullying, que durante años afectó a la población panameña, pero solo cuando se le dio un nombre empezamos a verlo en todos lados.
Establecer un diagnóstico es delicado, implica etiquetar y dar un nombre a un conjunto de signos y síntomas; es por ello por lo que no cualquiera tiene la potestad legal de diagnosticar. Tristemente en nuestro sistema educativo hay docentes que piensan que pueden hacerlo, pero desconocen el impacto que tienen esas palabras en la vida, etiquetan sin saber de qué hablan y hacen que el infante y su familia se lo crean.
"Tu hijo se ve bien por fuera, pero está mal por dentro". Expresiones como estas son dichas por docentes como si hablaran de temas triviales, peor aún, en presencia de niños y padres de familia. ¿Cómo lo etiqueta de esa forma a menos de un mes de clases? ¿Dónde está su humanidad? ¿Qué tanto sabe en realidad? Es fácil juzgar aquello que desconocemos, es por ello por lo que evitaré responder de forma personal esas preguntas y las dejo a conciencia del lector, si cree que tiene la información suficiente para juzgar.
Escribo esto para llamar a la reflexión de todos, no solo a los especialistas en salud, también a la población, muchas veces condenamos a las personas con las que nos encontramos, juzgar es inevitable, pero antes de dejar salir esas etiquetas tomémonos un tiempo para pensar, ¿es realmente necesario?
Dicen que las palabras edifican o destruyen. Usémosla para destruir, sí, destruyamos aquello que es negativo o entorpece nuestro crecimiento individual y colectivo, destruyamos prejuicios y estereotipos, destruyamos etiquetas tóxicas.
Psicólogo escolar