¿Estado de derecho?
El Estado de derecho no fue un invento de tal o cual hombre o de un gobernante que de pronto, por arte de birlibirloque, le vino a la mente la grandiosa idea de decir: "Construyamos el Estado de derecho" y listo, ya, quedó construido el mismo. O si se quiere, a algún académico, sociólogo, filósofo, médico chino o pensador inteligente que concluyó, en majestuosa definición, cómo debía entenderse el Estado de derecho señalando: la sociedad civil, debidamente organizada, habiendo depositado la administración de los bienes jurídicos de los asociados, en una cosa que se llama Gobierno, funcionarían, ambos, pero más el Gobierno, sujeto a una Constitución y a las leyes; y que la dignidad humana contaría, en primer lugar, como aquello que, indispensable, tendría que respetar la autoridad; que el principio de la separación de los poderes públicos es cosa que se tiene como necesaria o consustancial, a fin de que funcione el ejercicio del poder político correctamente; que el debido proceso de ley es la rueda de la civilización para el conocimiento y juzgamiento de las causas penales y civiles y de cualquier otra naturaleza jurídica; que se tiene como inocente al acusado; que la persecución de los delitos no puede tenerse como cuestión sin fin o interminable -ad calendas grecas- (para el día del juicio final), de allí que el concepto de la prescriptibilidad de los delitos y de las penas es consustancial a un derecho penal racional; que la administración pública debe funcionar con una ley de carrera administrativa sobre principios de mérito y antigüedad; que la transparencia es el eje fundamental sobre el cual debe montarse todo el engranaje gubernamental; que las leyes son el instrumento para viabilizar programas de desarrollo, individual, social, colectivo y no instrumentos para la opresión o la persecución; que los gobernantes se deben a la voluntad del soberano –el pueblo- y no a un puñado de hombres denominado "los allegados al poder"; que una lectura de los derechos humanos pasa revista ineludible a esa misma dignidad del hombre como centro del cosmos -antropocentrismo- y no otra cosa; que las riquezas del Estado deben distribuirse e invertirse siempre pensando en las grandes mayorías sociales y marginadas de una nación –concepto egregio de lo que es la justicia social-; en fin.
Por ello, allí en donde priman o reinan las amenazas, la opresión del gobernante, el desgreño administrativo en el manejo de la cosa pública y en donde el orden público cada día se demerita más; allí en donde aun subsisten distinciones perversas entre ricos y pobres; en donde a los tribunales solo se escucha la voz del poderoso entre tanto la del pobre o débil se menosprecia; en donde la salud de los asociados no es cuestión que importe a quienes regenten la salud; en donde las poblaciones indígenas aún sigan siendo "los indígenas" y llamados así hasta con cierto menosprecio o "apartheid"; o que nuestros niños en las comunidades pobres, muy pobres, mueran desnutridos; o que haya gente en mi país que no coma ni beba; que aún subsistan salarios de miseria y que no pueden competir con los sueldos de no pocas autoridades que se gastan millones en viajes y viáticos; que en los hospitales no haya gasa ni alcohol siquiera para limpiar una herida; que la seguridad social siga, cada día más, menoscabada o mermada en sus cuentas; que reine a impunidad o que los dineros del pueblo se malgasten bajo el nombre de "licitaciones o contrataciones directas", sin que haya o medie la transparencia e igualdad de oportunidades para los que compiten en dichos actos públicos; etc., estas y muchas cosas más seguirán siendo los poderosos argumentos a esgrimir y así poder sostener que distamos mucho de un real y verdadero Estado de derecho.
El Estado de derecho no es cuestión de invocarlo o rezarlo como quien repite un credo sin mayor entrega de espíritu; el Estado de derecho se vive, se activa, se demuestra, se realiza. Es como cuando se invoca la democracia, como forma de gobierno, y quienes la viven entienden que es pura demagogia porque, a diario, son víctimas de los agoreros de la política que la pervierten.
Por todo lo anterior, el Estado de derecho, sin duda alguna, a mi juicio, se preconiza de modo proverbial y asombroso en las enseñanzas de Jesús, sobre todo las del sermón del monte, discurso divino que nos indica la contrapartida de ese Estado que a veces nos parece iluso. ¡Un estado divino!, pero creo en Él.
Abogado