Los olvidados jueces y magistrados

Por: Redacción 13/04/2018

 

No son pocos los líderes de opinión, entre ellos connotados políticos, al igual que generadores frecuentes y autorizados de opinión pública que, de modo constante, orientan a la sociedad y generan criterios entre nuestros conciudadanos, que han externado, entre ellos el suscrito, que, al menos en las actuales circunstancias, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia por designar deben surgir del propio Órgano Judicial. Del pasado remoto y también del más reciente, podemos afirmar que no se les toma en cuenta y cuando se les ha considerado es solamente para distinguirlos como suplentes de uno u otro magistrado titular en la Corte. Por ello, tal vez, el más poderoso argumento para coincidir con el criterio de que deben salir las dos nuevas figuras como titulares a magistrados de la Corte del Órgano Judicial radica en el hecho fundamental de su acendrada y acrecentada experiencia y conocimiento en la materia jurídica con la cual tienen que lidiar, a diario, tras producir sentencias o dictámenes jurídicos en los casos que atienden.

Los abogados, los que litigamos, sin duda alguna que también lo hacemos. Pero quedará claro que no se trata de confrontar a litigantes con los jueces, sino de considerar, de una vez por todas, que en algún momento de nuestra historia se les tome en cuenta y que tanto los jueces como también los magistrados de tribunales superiores puedan borrar de sus mentes que la carrera o la trayectoria de ellos en el Órgano Judicial, a cuando mucho, termina cuando se enquistan como magistrados de un Tribunal Superior y que, de allí en adelante, tienen que olvidarse de cualquier ascenso o aspiración a una magistratura de la Corte. Y es que el diseño constitucional mucho ha abonado al hecho de que a la Corte Suprema lleguen, como ha sucedido, generalmente, abogados que tienen que mendigar o estar rogando a la figura presidencial y cuando no a un allegado al presidente de la República, para que se les considere para ocupar una magistratura. Excepcionales han sido los casos en los que a un abogado se le haya tenido que rogar para que acepte una magistratura en la más alta corporación de justicia de nuestro país.

Cuando advierto que en las actuales circunstancias políticas que vive el país se legitima aún más que esos magistrados salgan de las filas del Órgano Judicial, es precisamente porque también ellos, más que en cualquier otro, convergen las garantías de objetividad, dominio del derecho penal y del civil, a como también de una aquilatada experiencia que no puede ser objeto de cuestionamientos ni siquiera con preguntas técnicas de cómo se interpone o se instrumenta un recurso o una acción de naturaleza constitucional o cuáles serían las causales de casación en la forma o en el fondo, sea penal o civil, porque, de seguro, las respuestas estarían garantizadas por el solo ejercicio en el cargo y en la materia en la que se han desempeñado. No tengo la menor duda de que en el gremio de los abogados existen luminarias jurídicas que harían una excelente labor, titánica por cierto, produciendo fallos o decisiones sabias en pro de conceptos, tales como Estado de derecho, justicia social, de los valores inherentes al mundo jurídico panameño en materias como derechos humanos, derecho del trabajo, derecho de inocencia, debido proceso, certeza probatoria, duda razonable, etc., pero, insisto, en esta ocasión demos paso, abramos las compuertas, a que esos profesionales que han consagrado toda una vida al servicio de la administración de justicia, durante décadas, se les tome en cuenta, se les considere para optar a esas magistraturas en la Corte.

Me inclino luego, con este artículo, a producir un reconocimiento justo a esos funcionarios que han dejado sus mejores años de vida, la juventud plena de que algún día dispusieron, al servicio de la justicia y que en medio de los avatares y vericuetos de la delicada tarea de administrar justicia, a pesar de los años y, en no pocas veces, de críticas injustas, han sabido capear los temporales, pero menos apartarse de la noble misión, siempre sagrada, de administrar justicia, pero que, sobre todo, decidieron un día, jurando para ello, hacerlo hasta ya no poder más, por el motivo que fuere.

A los jueces y magistrados, al final de cuentas, tan solo les queda hablar a través de sus fallos y sentencias. ¡Irónico por cierto! En la obra "Elogio de los Jueces" escrita por un abogado, así lo advierte el maestro italiano Piero Calamandrei.

Abogado