Albergue creativo
Entre besitos, cenas de Estado y fornidos señalamientos frente al Congreso, la visita oficial esta semana del presidente de Francia, Emmanuel Macron, y su esposa, Brigitte, a Washington deja de manifiesto la osadía gala ante la cabezonería de su anfitrión en fraguar una política de aislamiento ridículo a estas alturas del siglo XXI, rayando al planteamiento napoleónico cuando durante la ceremonia el 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre Dame en París, distanciando el protocolo de la monarquía del antiguo régimen, frente al papa, Bonaparte se autocorona emperador de los franceses. Y es que los franceses siempre han sido diferentes, únicos y gozan de un orgullo propio que abriga méritos y una personalidad que obliga al imperio y a todos los pueblos del mundo a plasmarles harto merecidas venias. Durante su intervención, Macron arremetió contra la ridícula refriega comercial de Trump y su vulgo nacionalismo, defendiendo el multilateralismo, el pacto con Irán y la lucha contra el cambio climático. Sobre este último señaló con convencimiento de causa, al atronador aplauso de los congresistas: "Estamos sacrificando el futuro de nuestros hijos. No hay planeta B y tendremos que enfrentarnos al desafío, estoy seguro de que Estados Unidos volverá al pacto".
Gozando de 90 millones de visitantes anuales, Francia es el primer destino mundial del turismo, claro ejemplo a imitar en momentos en que el nuestro tartamudea por una clara falta de visión y garrafal ausencia de empeño creativo. Y cada día los franceses se esmeran en cuajar noveles emprendimientos para el perfeccionamiento de la industria. Veamos. Al igual que nosotros, la mayoría del turismo galo se concentra en la capital, convirtiendo el reto en el desarrollo de un turismo rural, la esencia de un país netamente agrícola con mucho que ofrecer en el casi desconocido mundo provincial. Es muy loable visitar la torre Eiffel, deambular los muelles del río Sena y la inmersión en los interminables pasillos del Museo de Louvre, pero el verdadero deguste de la gran Francia yace en sus encantadores pueblitos, su gente y costumbres. Ese es el sello del recuerdo que nos llevaremos por siempre al degustar en el viñedo sus nobles vinos y saborear la esencia de un "coq au vin" en compañía de un paisano.
Para el pleno desarrollo de ese noble turismo de más allá, el grupo hotelero francés Ahotel está craneando la introducción de parajes provinciales todo en uno de manera que el visitante recaude una visión plena de país como bien hiciésemos aquí con obligatorias estancias en tierras altas, en la intimidad de Pedasí y la visión balboísta de ese vasto Mar del Sur sobre la cima del cerro Pechito Parao en el Darién istmeño. El concepto del empeño es concentrar el sentimiento rural francés en un puntual paquete en el que cada hostería incorpore un café, restaurante, tienda de abarrotes, panadería y floristería, duplicando el esquema exitoso de la red de hoteles Logis de France en un esfuerzo por robustecer las cifras del turismo en ese ambiente pueblerino que representa la esencia de esa Francia verdadera que pocos conocen.
Aprovechando la creatividad al máximo, esta novel apuesta nos permite visualizar lo que bien podemos llevar a cabo en ese Panamá de tanta historia, de arrogante naturaleza y personalidad única, actualmente revuelto en las cloacas de basura real e intelectual, soez timonel de capitanes que no entienden que les hace falta comprender, que no asimilan la grandeza de los que le rodea, el florecer de los guayacanes, el vespertino olor a leña, café y el quiquiriquí de los gallitos. ¡Cuánta falta nos hace un tropical Macron, desenfrenada creatividad turística, fresco cambio que exprima a su máxima expresión la grandeza del paraíso en que Dios nos otorgó el privilegio de vivir!
Líder empresarial.