¿Pero quién eres tú, que no te reconozco?

Por: Redacción 28/04/2018

¿Cómo reconocer que aquel que va al calvario llevando una cruz, con el rostro golpeado y el cuerpo cubierto de sangre, débil al extremo de caer una y otra vez, ayudado por un hombre llamado Simón de Cirene, es el mismo que hizo milagros y que dijo que era más grande que la ley y el templo? “Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre ni tenía aspecto humano”, Isaías 52, 14. Todos se fueron dejándolo solo. Judas y Pedro, los demás discípulos, todos escandalizados, lo traicionaron, cada uno a su manera. “No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir, curtido en el dolor; al verlo, se tapaban la cara; despreciado, lo tuvimos por nada”, Isaías, 53, 2-3. Allí colgado del madero, entre dos malhechores, desnudo y el cuerpo lleno de llagas, asfixiándose y desangrándose, es objeto del desprecio y la burla, ya que están convencidos de que era un impostor porque Dios no venía en su ayuda. Los doctores de la ley y los fariseos, desde una teología basada en el Dios que se manifiesta solamente con poder material, veían en Cristo simplemente a alguien que si en algún tiempo tuvo a Dios a su lado, ya fue abandonado. Dios no está con él; la prueba, miren cómo está acabando.

Hoy subyace, en algunos, esa visión no cristiana de que Dios está solamente con los que tienen poderes de cualquier clase y que los que no tienen nada es porque Dios los ha rechazado. Esta corriente nacionalista, triunfalista y gloriosa en el Antiguo Testamento choca con la visión teológica de Isaías y que culmina con la vida sacrificada de Jesucristo. Sin dejar de ser Dios, renunció al uso de sus atributos divinos para hacerse como nosotros y morir una muerte de cruz.

Pero este siervo de Yavhé se pondrá en el lugar de los que deben pagarle a Dios por sus pecados, pero en verdad no pueden porque la culpa es tan grande, el pecado de la humanidad tan horroroso, que solamente se podrá saldar la cuenta de la salvación con una oblación infinita. De hecho, Jesús todo lo hizo para librarnos de la muerte eterna. En el Monte de los Olivos, libremente ofreció su vida por nosotros, obedeciendo al Padre. Pero solo hace eso el que ama y más el que es todo Amor, el Dios vivo encarnado, el que se hizo hombre, el que se identificó con todos nosotros y para siempre. Desde el momento de la muerte de Jesús, como dice el poeta, “nadie tendrá disculpa diciendo que cerrado halló jamás el cielo si el cielo va buscando. Pues tú, Jesús, con tantas puertas en pies, manos y costado, estás de puro abierto casi descuartizado”. Gracias a su muerte redentora se nos abrieron las puertas del cielo y con Cristo Jesús misericordioso seremos invencibles a la muerte eterna.

Monseñor cmf.