María cumple a cabalidad su misión
Dos niños como de 5 años, más o menos, estaban sentados en la acera con un letrero escrito a mano que decía: "Necesitamos ayuda, no aceptamos dinero, estamos solos, solo ayúdenos con cosas pequeñas, no tenemos casa donde guardar cosas grandes, gracias, Dios les pague". La gente que pasaba los miraba con asombro, pero nadie opinaba nada ni hacía nada ni avisaban a las autoridades al ver el insólito espectáculo a simple vista. Alguno de los transeúntes se animaban a darles un pan o algo de comer sin atreverse a preguntar nada. Muchos se miraban atónitos haciendo un gesto de incredulidad sin atreverse a acercarse a los niños, que con ternura e indiferencia observaban a todos. Pasaron varios días y el panorama no cambió, los niños echaban en un morral lo poco o mucho que les daban y se iban, para volver a la misma hora al día siguiente; como nadie les preguntaba nada, ellos no decían nada tampoco.
Si la gente comentaba algo, lo hacían muy bajito, como cuchicheando, y los niños los observaban en silencio con una mirada fija y penetrante intentando comprender su conducta. Un día, para sorpresa de todos, los niños no estaban. Hasta ese momento, nadie había hablado en voz alta, y se preguntaban: "Pobrecitos. ¿qué se habrán hecho? ¿Les habrá pasado algo? Y nunca les preguntamos quiénes eran ni les ofrecimos alojamientos en nuestras cómodas viviendas". Otra dijo: "Me siento mal por no haberles brindado mi apoyo. Bueno, no es tiempo de lamentos, averigüemos qué fue de ellos". En esos precisos momentos, unas vocecitas gritaron desde una nube: "¿Nos buscan? Aquí estamos, tenemos casa, amor y muchas cosas más". Tanta fue la sorpresa de todos que quedaron boquiabiertos y sin palabras.
En ese momento, en el cielo ocurría lo siguiente. La Virgen María decía a su hijo: "Hijo, ¿qué pasa con tus redimidos? ¡Han perdido la sensibilidad! Estoy muy triste porque todos miran con indiferencia la necesidad de sus hermanos, tienen reparo en acercarse a ofrecer su ayuda y eso entristece al Padre celestial". Jesús dice a su Madre: "Tranquila, madre, estás haciendo bien tu papel, sabía que lo harías a cabalidad cuando te dije allá colgado de la cruz 'he ahí a tu hijo', ese día te entregué a todos mis hermanos que hoy son tus hijos. Me duele ver que muchos entristecen tu inmaculado corazón, pero tú sigues intercediendo por ellos, no dejes que lo pasado con los angelitos que mandé hagan crecer tu pena. Yo tengo control de todo y no derramé mi sangre en vano, toda la humanidad fue redimida, aun esos hijos alejados de la Iglesia que fundé con los apóstoles y que tú amas tanto, a pesar de no amarte y que te ofenden tanto. Tú sigue cumpliendo a cabalidad y con amor tu misión de Madre de Dios y de la Iglesia".
Mientras tanto, allá abajo, la multitud asombrada comentaba: "¡Eran ángeles vestidos de humanos y los tratamos sin caridad!", otra dijo: "Pero si hubiéramos sabido que eran ángeles nuestra conducta hubiera sido otra". Una voz dijo: "Ahí está nuestro pecado, somos indiferentes con nuestros semejantes para correr detrás de apariciones que cualquiera dice ver". Es tiempo de que practiquemos más la misericordia con quien más lo necesite como Cristo lo hace con nosotros. Porque los pobres eran los preferidos de Jesús y nosotros tratamos con desprecio a nuestros hermanos marginados, ojalá Dios tenga misericordia y no nos trate como merecen nuestras faltas. El Señor nos dice que no nos dejemos llevar de las apariencias que parecen una cosa y en el fondo son otras.
Espero que les haya gustado este pequeño cuento escrito con el propósito de que seamos mejores personas a la hora de practicar la misericordia.
Escritora.