¡Todos a bordo!
Contando con la mayor flota mercante del mundo, somos los fenicios del siglo XXI. Desde que Balboa avista el Mar del Sur sobre la cima del cerro Pechito Parao en nuestro Darién, hace 505 años, fuimos bendecidos como la ruta del progreso comercial universal. Terceros como Suez gozan de un prestigio secundario. Ciertamente en nuestra región florecemos como la indiscutible potencia marítima. Otros sitios aprovechan su prestigio náutico para exponer atractivos que sirven como imanes al turismo propagando de esa forma su encanto. Recientemente me recibió en la ciudad de San Diego, California, mi amigo de infancia, vecino bellavistino, Emilio Silvestre Ivaldi, a raíz de mi conferencia sobre el turismo istmeño "Why Panama?" en el campus universitario local. Abusando de su genuina y amable hospitalidad, aprovechamos para intimar esa hermosa metrópoli del sur de California. Uno de los puntos más seductores de la urbe es sin duda su Museo Marítimo. No se trata de un frío edificio plasmado sobre la costa del Pacífico, más bien consiste de múltiples embarcaciones, una orquestada armada, desde galeones coloniales hasta submarinos y portaaviones. Qué divertida forma de mostrar a los curiosos visitantes los diversos cascos que han flotado sobre la mar. Todo ello complementado por su famoso zoológico y su Parque Balboa, el mayor en extensión en toda la nación, superando hasta el famoso Parque Central de la ciudad de Nueva York. El año pasado recibió 34 millones de visitantes. Nosotros, a falta de atractivos, a duras penas, vergonzosamente, rondamos el millón y piquito.
Esto nos sirve como un abreboca, como lienzo de lo que podemos lograr maximizando la creatividad turística en un país que lo tiene todo, pero que lastimosamente no sabe aprovecharlo.
El fantástico caso de Dubái no deja de sorprendernos y nuevamente nos sirve como ejemplo de lo que podemos lograr aquí. Este oasis del desierto el año pasado fue visitado por 16 millones de turistas, lo que generó $43 mil millones, extendiéndole mano de obra a 5% de su población. ¿Qué hacen los Emiratos Árabes Unidos para atrapar la continuada atención del visitante? Como el genio que brota de la lámpara al frote, fecunda creatividad por doquier. Lo último, le compraron el crucero más famoso de la historia, el regio Queen Elizabeth II a Cunard Lines por 100 millones de dólares y se gastaron una suma similar reacondicionándole para convertirle en un hotel que sin duda atraerá un mayor número de turistas, sobremanera británicos, los terceros en el escalafón de visitantes.
Una propuesta con sumo valor histórico, un ícono marítimo que les ofrece a sus huéspedes la opción de pernoctar en una de sus 600 habitaciones, con precios que rondan los $150 la noche. De seguro su nivel de ocupación será más elevado que las otras múltiples opciones en la oferta local. Permanentemente atracado en el muelle de Mina Rashid, se convierte en la dádiva más original de los emiratos. Aquí pudiésemos lograr algo similar, reconstruyendo las ruinas de Panamá La Vieja trasladando al visitante a tiempos coloniales, caminos empedrados, carretas a caballo, actores por doquier ataviados de ropajes de la época, con un icónico galeón que sirva como el mejor restaurante de la región por sus platillos tropicales y originalidad. Trazando nuevamente el Camino Real, la ruta del oro, donde circuló la mayor cantidad del preciado metal en la historia de la humanidad, desde el Puente del Rey hasta Portobelo, para que millones de peregrinos le surquen, rodeado de azuladas mariposas y la sinfonía del verdor tropical, uno que otro florido guayacán. Nos llevan la gabela los árabes. A ver cuándo nos pondremos las pilas aquí, en reemplazo de tantos gimoteos, para enaltecer de una vez por todas nuestro alicaído turismo.
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