La búsqueda de un candidato para 2019
Aunque Panamá es un país que necesita no solo de una, sino de muchas utopías, se pudiera decir que el ciudadano panameño (el hombre de la calle) es tan viejo como el sufragio universal. Le ha tocado trillar todas las vicisitudes y experiencias de este proceso, y, sin grandes meditaciones, ha llegado a formarse, cuando no ideas, al menos ciertos instintos políticos. Así, empieza a sospechar que no solamente este o aquel partido, sino la política entera está montada en un tono de grandilocuencia y megalomanía que fatalmente la desvía y pervierte. El ciudadano común y corriente (el hombre de la calle), claro está, no aspira a ser elegido. Se contentaría con ser elector feliz, con ser un elector que encuentra un candidato de su gusto. Quizás por ello ha encendido la lámpara de Diógenes y anda por ahí buscando, desde ahora, un candidato a la presidencia de la República entre los hombres y un hombre entre los presuntos candidatos. En realidad, causa pena decirlo, pero el hombre y la mujer panameños se han convencido de que la política –y los partidos como instrumentos de esta— ya no despierta esperanza ni mucho menos garantiza la felicidad ciudadana que falsamente se promueve. Se olvida que la felicidad depende de circunstancias mucho más hondas y graves que cuanto la política puede discutir.
La política no ha podido lograr orden en la vida social. Pero permítasenos un paréntesis para ilustrar mejor la cuestión. En el mundo antiguo la política intentó, con grave fracaso, algo de esto: Esparta, por ejemplo, instituyó la legión sagrada que sancionaba la fidelidad de los amigos; en Roma se ocupó de dar placer al pueblo haciendo de los juegos circenses una institución del Estado. Empero, todo esto nos informa, ciertamente, que la política es solo una tangente que apenas roza un punto de nuestra vida realidad. Casi por entero, el volumen de nuestra experiencia personal queda intacto por la política. Ni siquiera en el orden económico logra la política tener una misión sustantiva. A lo sumo, podría intentar repartir con equidad la riqueza. Pero no puede crearla. La pretensión de salvar económicamente al pueblo desde la dirección del Gobierno del Estado ha resultado casi siempre fallida.
Todas estas cuestiones presupone oscuramente el ciudadano panameño, y por eso desconfía de todos los que aspiran a ser candidatos (a la presidencia y vicepresidencia de la República, a diputados, a alcaldes y a representantes de corregimientos) que le invitan a apasionarse y falsamente le garantizan la solución de sus problemas económicos y sociales; para decirlo en una palabra, le prometen el cielo y la felicidad si es preciso. ¡Apasionarse en política!... Ese ha sido el error característico del siglo pasado y del actual, que ha constituido precisamente en estimular el apasionamiento político como un deber. Importa mucho, por lo mismo, desdeñar el apasionamiento, el fanatismo, porque así damos la espalda a los apasionadores tanto de la izquierda como de la derecha.
En la búsqueda de un buen candidato, solo el pueblo panameño (el verdadero y real soberano), dispone los medios y el mejor camino para encontrarlo. Ha llegado el momento, pues, en que el pueblo se organice y escoja, no a un amo, no a un demagogo mentiroso, diestro en pregonar falsas promesas, sino al primer servidor de la República.
Pedagogo, escritor, diplomático.