El desapego hacia la patria
La colonización trajo a nuestra tierra, además del peso portentoso de ambiciones desmedidas, un fuerte desapego que hacía de este destino solo un lugar de transición, de paso, de puente hacia otros sitios, donde abundaban más el oro y las riquezas. Por nuestro Camino de Cruces, recuas interminables de mulas portaban en sus lomos los tesoros que venían del virreinato del Perú, con destino a España, y regresaban hacia Panamá portando mercancía que, a su vez, estaba destinada a otros mercados. Los cronistas españoles son casi indolentes cuando nos dan un panorama de ese entonces; aguas empantanadas, vapores y emanaciones poco saludables y propagadoras de enfermedades, sitios de desolación y muerte, eran todos mencionados como parte usual de nuestra ciudad antigua. En un principio, solo unas 500 almas poblaban Panamá La Vieja, y muchos de ellos vivían en la escasez y la miseria, recolectando muchas veces las almejas en ese entonces “abundantes en San Francisco de La Caleta”.
Ese pasado oscuro, de transición, de desapego, de falta de orgullo hacia este suelo que por tantos fue y ha sido usado para transportar riquezas que nunca encuentran aposento permanente aquí, nos hace hoy reflexionar sobre todo lo que verdaderamente somos: una nación sin la cual el desarrollo actual de otros países grandes no se hubiera dado. No hay que preguntarse qué sería de Panamá sin el mundo, sino más bien que sería del mundo sin Panamá. Generosamente ha sido puente de prosperidad y camino interminable de riquezas que vienen y se van; pero está en nosotros, los que aquí nacimos, darle su lugar a nuestra patria y colocarla en el sitial enaltecido que justamente se merece. Nadie más lo hará. Para los buques que por aquí transitan, ladeados casi de progreso, somos solo una vía acuática cavada por el hombre entre montañas; para algunos extranjeros que buscan solo enriquecerse, sin crear apego hacia lo nuestro, somos solo feria de mercado y mercancía barata; para las potencias hegemónicas de otros países, que creen que hacen girar el mundo, somos solo el cordón umbilical que lleva y trae sustento. Pero, para nosotros mismos, ¿quiénes somos? Somos hijos de una tierra que se enalteció sobre los mares y cambió hasta el clima de la tierra, haciendo posible la propia evolución del hombre; somos puente natural de la diversidad biológica que hoy solo es posible por la existencia de esta masa que llamamos patria; somos el testigo sin envidia de todo aquello que, por medio de su paso breve en esta tierra, ha venido a engrandecer varias naciones que hoy nos miran con desprecio; somos la columna vertebral que ha mantenido erecta y prosperando la civilización actual; cordón de plata que conduce la prosperidad del mundo; camino que sostuvo el peso transportado de riquezas que fueron despojadas a quienes naturalmente merecían tenerlas. Por eso, admiramos hoy a aquel gran libertador que supo ver en esta tierra todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será: “puente del mundo y corazón del universo”.
Abogado.