Ante la muerte de un patriarca pobre

Por: Redacción 02/06/2018

Se había muerto don Pancho, el gran patriarca del pueblo costeño bañado por el mar Caribe y donde se asentaba una comunidad de mulatos, descendientes de negros esclavos traídos del África. Ellos habían logrado escaparse del control de la monarquía española y presentaban en momentos guerra de escaramuzas, algo así como de guerrillas, pero sin tanta virulencia. Eran los cimarrones, gente fuerte, hábil para la pesca y la caza de venados y que huyendo de los soldados españoles y sus amos, se escondieron en las montañas y fundaron sus pueblos que crecieron al amparo de la selva. Después fueron poblando las costas del Caribe sin presencia de autoridades civiles y militares. Los frailes franciscanos fueron los primeros que tuvieron contacto con ellos y así aprendieron la lengua española y los principios fundamentales de la fe católica.
Y se murió el señor Pancho, el viejo negro mayordomo del pequeño templo del pueblo, catequista por años de cientos de niños, ya muchos adultos y otros que habían muerto. Allí estaban sus once hijos y con ellos sus nietos y biznietos. Unos estaban dentro y otros fuera de la casa, tomando café y algunos un poco de ron. Muchos vecinos los acompañaban. Como era costumbre en los velatorios costeños, unos jugaban al dominó o las cartas, mientras otros conversaban y un grupo rezaba con una anciana el rosario, y los niños jugaban, y nunca faltaban los que cocinaban pescado y freían la yuca. Eran ya las seis y media de la tarde y encendían las mechas alimentadas de petróleo y ponían más hielo debajo del cajón del muerto para que no se descompusiera.
En eso entra el padre Juan, viejo ya como su sotana negra, desteñida y remendada. Su cabello blanco, muchas arrugas en la cara, descendiente de españoles, criollo nacido de cuna rica, decidió hacerse sacerdote dejando su oficio de joyero, negocio de la familia. Era muy amigo de don Pancho y cuando podían se reunían y tomaban una rica sopa de pescado, yuca y un poquito de ron. Saludó a todos y se fue frente al ataúd de su amigo. El viejo sacerdote lloró un rato frente al cadáver de su amigo y todos guardaron silencio. Cuando se calmó y respirando hondo, pidió a todos se sentaran donde pudieran. Sacó de su bolsillo un papel arrugado y dijo:
“Querido Pancho, cuando conozcas a Dios tal cual es, tendrás un cuerpo inmortal e incorruptible como el alma, y poseerás el Reino de los cielos. Puesto que, durante la vida terrestre has reconocido al Rey celestial, serás el familiar de Dios y el coheredero de Cristo, y no más esclavo de las pasiones, de las codicias y de las enfermedades”, citando a San Hipólito. Y continuó: “Fuiste un ejemplar catequista, y aprendiste a leer con tu tío Marcelo y lo único que siempre leías era la Biblia. Te memorizaste muchos textos y me encantaba oírte, cuando recitabas textos del Génesis, de Isaías y Ezequiel, el Evangelio de Lucas o cartas de San Pablo. Muchas veces añadías cosas de tu propia cosecha, pero que no contradecían la Palabra. Ya al final te fuiste quedando ciego y aún así atendías las cosas del templo acompañado de algunos nietos y nunca dejaste de ser catequista. Formaste a otros que lo hacían bien enseñando la catequesis, pero nunca nadie como tú, por tu autoridad y sabiduría”.
La gente guardaba silencio escuchando al viejo cura hablar de su amigo. El se sentó y volvió a llorar un rato. Una señora muy mayor le ofrece una taza de café y él la tomó muy pensativo. Se levantó de nuevo y le pidió perdón a su amigo por las veces que lo regañaba porque no estaban las cosas en su sitio, o llegaba a la catequesis con fuerte aliento a guaro, único vicio del viejo don Pancho. Eso sí, jamás dejó de enseñar a los niños, nunca le faltó a su esposa ni hubo queja en la comunidad por su comportamiento.
Y culminó diciendo: “Queridos hermanos, ya mi amigo Pancho ha visto la gloria de Dios, porque en la otra dimensión, en el otro lado, no hay tiempo. Él está con Cristo. Fue un hombre bueno, confesaba sus pecados cada vez que podía. Sabemos de su genio y de su llorado defecto, el gusto por el guaro. Pero siempre cumplió. Y recuerdo la vez que me contó que tuvo una experiencia divina. Estando durmiendo en sus brazos a uno de sus nietos, sintió que acurrucaba al niño Jesús y que él era San José. Pues eso era mi amigo Pancho, el San José de los niños. Eso sucedió porque se entregó en vida a Dios, con quien es invencible.

Monseñor cmf.