Curiosidades de los mundiales: capítulo La Marea Roja

Por: Redacción 20/06/2018

¿Qué es lo indispensable en el fútbol? No son los entrenadores. Menos los medios de comunicación, los dirigentes o los mal llamados patrocinadores (Son inversionistas en busca de rentabilidad). Para Panamá no importan los Chalujas, los Cardozes, los Varelas, los Mottas o los Revillas.

Tampoco, son los árbitros, ni los espectadores. Estos últimos miran y disfrutan, o no, según la belleza que se le ofrece. Aunque no lo creamos, tampoco son los jugadores. Ellos están siempre de paso.

Lo indispensable es su gente. La hinchada es inamovible. Es incondicional.

La Marea Roja ha estado, está y estará siempre. Moscú es apenas su primera escala. Los hinchas son los que sienten y alientan en todo momento. Su pasión y lealtad no están sujetas a resultados. Permanentemente hablan en primera persona. Dicen: “perdimos”, “ganamos”, “jugamos”.

La hinchada puede alegrarse, entristecerse, enojarse, incluso putear a los jugadores, dirigentes o cuerpo técnico, pero nunca ofende al equipo y sus colores. La hinchada es una institución a disposición y dentro de otra institución más abarcadora, que es el equipo. La Marea Roja es la única marea que no se mueve con la luna sino al ritmo de la caprichosa.

El hincha es el que agita lo que tenga, traga saliva, se come las uñas, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y saltan despavoridos abrazando al desconocido que grita el gol a su lado.

Corean las atajadas del portero rival o las pelotas que tropiezan con el travesaño adversario. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos.

Con miles de devotos comparte la certeza que son los mejores, todos los árbitros están vendidos y todos los rivales son tramposos (Galeano 2003:13). Los hinchas son religiosamente hombres y mujeres de fe. No necesitan pruebas y desestiman la razón. Sus sentimientos son capaces de soñar y construir milagros sobre su templo que es el estadio.

Su aliento despierta a sus once guerreros sobre el césped y provoca que ruede el balón. Cuando suena el silbido final se van a casa con goles anotados sin haber pateado un solo balón y, en el peor de sus días, regresan con goleadas sin haber pegado un vuelo entre los tres palos.

El jugador número doce es el único que está libre de lastimarse una rodilla o tobillo, pero nunca está librado de lesionarse el corazón.
Estudiante de Sociología, Universidad de Panamá.