Vivencias de un mundial

Por: Redacción 30/06/2018

Nos obsequia la edición dominical correspondiente al 24 de junio de 2018 del prestigioso medio Rede Globo Brasil un estupendo video en portugués titulado: "¡Viva Panamá!", que resalta la alegría de los jugadores y la barra istmeña en la Copa Mundial de Fútbol en Rusia. Este es tan solo uno de los medios que destaca la efervescencia del privilegio de haber nacido en esta tierra en un evento donde sus habitantes resaltaron la verdadera esencia del deporte, la participación, en lugar de las estadísticas finales que nos llevará a un desconocido campeón. Esto es así porque los panameños no llevábamos la mínima esperanza de aspirar por el trofeo, pero aun así, a pesar de la actual situación económica, un nutridísimo grupo de compatriotas viajó bien lejos, muchos noveles, a ese aún misterioso señorío, otrora de los zares, ahora de Putin, que ni Napoleón ni Hitler pudieron subyugar, afamado por la novela "De Rusia con amor", de Ian Fleming, que nos presenta a James Bond, en una misteriosa Unión Soviética en el apogeo de la guerra fría, allá por 1957, flechado por la agente del servicio secreto ruso Tatiana Romanova.

Nuestra barra, como dicen en Brasil "torcida", tenía un norte diferente a las otras, que le hizo señorear el evento. Su exaltada alegría, su lloriqueo al tararear el Himno Nacional y una genuina expresión de júbilo colectivo en participar, sabiendo de antemano que lo importante no eran los goles ni resultados, sino la vivencia del momento que pernoctará en el alma de cada uno de los presentes por siempre. Eso ¡no tiene precio!

Cuando el capitán Felipe Baloy, de 37 primaveras, anota el primer gol de Panamá en la historia del Mundial de Fútbol, posterior a la andanada de seis goles ingleses, en ese glorioso minuto 78 del partido, ya concluyendo la carnicería, cuando los hinchas de otras selecciones estarían encapuchados por la vergüenza, la nuestra detona, cual misil nuclear, en júbilo. Se trata de una mojadera con cerveza cara, con las cámaras apuntando entre rostros de personas bailando, preñados de una indescriptible euforia, a una empollerada cual reina de carnaval, haciendo solamente falta Samy y Sandra Sandoval para rebosar el lienzo de lo nuestro.

Los atónitos jugadores ingleses se miraban entre ellos como exclamando: "¿Qué es lo que ocurre aquí?", con envidia de la buena, de la inexistente, de la ficticia, en partidos con un marcador tan disparejo. Somos un país pequeño con exorbitante arrojo. ¡Puente del Mundo, Corazón del Universo! Dictamos una cátedra de amor, de efusiones, de intensa felicidad, y el resto del mundo tomó nota.

Lo que logramos en Rusia fue la campaña mejor orquestada en pro de lo que sin duda será un incipiente turismo, gratuitamente rascando el cerebro de televidentes alrededor del globo, en un siglo XXI donde nuestras ciudades se han tornado en cárceles de concreto, donde la comunicación se ha embobado por aparatitos celulares, donde repuntan los suicidios, resaltando diferencias en lugar de reconocerlas. Todos, sin excepción, mordisquearon el anzuelo de la noble tierra donde solo reina el amor fraternal.

Gracias a todos esos actores que migraron a Rusia, todos resplandecientes, que tuvieron la esperanza, la hidalguía y el coraje de lanzarse al albedrío, muchos endeudando una esperanza, todos acaparando inolvidables memorias, que convierten a nuestro Istmo en el altar de la humanidad. En el Mundial de Fútbol, todos pierden, solamente hay un campeón. Y en esta ocasión, indistintamente del que gane la final, el campeón, con ardientes fulgores de gloria, ¡ha sido Panamá, su empecinado espíritu y su inigualable gente!