La autonomía universitaria

Por: Redacción 24/07/2018

En recientes declaraciones, el actual rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Enrique Graue Wiechers, comentaba que "la autonomía de la Universidad Nacional, si bien no significa extraterritorialidad, sí determinó hacia el Estado una relación cuidadosa, distante y respetuosa". (UDUAL, 2018).

Llaman poderosamente la atención los adjetivos empleados por el rector Graue, y seguramente la mayoría de los rectores de las universidades públicas de la región caracterizarían con casi idénticas palabras esa condición de base de la vida de sus instituciones.

La autonomía ciertamente configura una relación tensa, difícil, y supone igualmente difíciles negociaciones por los poderes fácticos que se ocultan tras ese "ogro filantrópico" que son los Estados latinoamericanos en los buenos tiempos democráticos, o esos simples ogros en los que se tornan en tiempos de dictadura.

La autonomía no es extraterritorialidad, pero sí marca una distancia con el Estado.

Una distancia necesaria y de allí la permanente reivindicación de su defensa.

La autonomía tiene, por así decirlo, un lado defensivo, pero por el otro, un lado propositivo, y este último es lo fundamental, su esencia misma.

El lado positivo y propositivo de la autonomía dice relación a un derecho que tutela la institución universitaria pública, un derecho consagrado constitucionalmente, esto es, por el pacto social de base y que como tal consta en la que se denomina la Ley Fundamental de la República.

Pero, ¿cuál es este derecho?

Pues no otro que derecho efectivo a educar en el nivel cumbre de la pirámide educacional y social del país y de fiscalizar (controlar y evaluar) el ejercicio de este derecho para todo el Estado y en su nombre.

Es una prerrogativa legal, pero igualmente debe estar legitimada socialmente.

En cada tiempo histórico hay que ganarse socialmente ese espacio autonómico.

Los poderes sociales contienen por su control, desde una guerra mediática -campañas de desprestigio y fustigamiento incluidas-, hasta por la hegemonía cultural de quien pone las pautas y escribe las reglas.

En estos tiempos (y desde fines de los años 80 cuando menos), comenzó a erosionarse la autonomía por un doble fenómeno: la penuria económica, el cerco financiero del propio Estado, y una ideología –la neoliberal- que arremetió contra el pacto social del desarrollismo y su fundamento keynesiano.

Ello, desde fuera.

Desde dentro, la autonomía se fue perdiendo por cuanto las universidades públicas no fueron capaces de brindar la calidad de educación que de ellas se esperaba con base a los cánones creados por la revolución científico y tecnológica.

Y también por el dulce "far niente" de rectores más preocupados de ponerles su nombre a las avenidas o en cooptar con prebendas a sus adláteres.

Igualmente, por el desprestigio progresivo de las dirigencias estudiantiles, su falta de preparación ideológica y el fenómeno general de despolitización y alienación de la población en general propios de la posmodernidad, incluidas las comunidades académicas trocadas en gremios.

Economista. Docente universitario.