La autonomía universitaria
En Panamá, el proceso de deterioro de la autonomía ha sido lento y, como en otras partes de América Latina, también fue resultado, paradójicamente, de un relativo éxito en el cumplimiento de su misión: la mayor cobertura de la educación superior del país, que alcanza las cotas máximas de nuestra América.
No hay duda de que en Panamá durante los años 70 y 80, un muy fuerte contingente de población egresó de la Universidad de Panamá y de la UTP, constituyendo un sector de clase media profesional que significó no solo mejores ingresos y ascenso social, sino también un poder técnico con el cual buena parte del Estado pudo funcionar, administrarse y llevar adelante las obras del desarrollismo torrijista en su etapa heroica o ascensional, primero, y las megaobras de tiempos más recientes.
Paralelamente, la universidad pública igualmente padeció una desleal competencia de instituciones privadas que pretendían cerrar un circuito creado de la "otra educación": la educación particular –de mayor calidad en los niveles básico y medio, "ma non tanto", en no pocos de sus eslabones finales-.
Igualmente, aparecieron tres universidades públicas más entre las cuales empezaba a repartirse un presupuesto cada vez más mezquino e igualmente mejor condicionado desde fuera de ellas por el MEF y la Contraloría General de la República.
Igualmente las cinco universidades no cuentan aún con un organismo que las obligue a coordinar su actuar y les dé la fuerza que solo da la unión.
Mientras tanto, la revolución tecnológica aceleraba su curso, la educación se revolucionaba y el mundo cambiaba drásticamente.
Pues hay que enfatizarlo: en los últimos 30 años todo cambió.
El país volvió a la democracia funcional y partidaria, se hizo efectivo el traspaso del control operacional de nuestro activo estratégico –el Canal de Panamá- al Estado panameño y la globalización económica hizo trizas el modelo económico anterior.
Ya no enfrentamos solo al Estado norteamericano, sino a los intereses de transnacionales feroces –socios estratégicos del capital local- y de otros Estados llenos de apetencias y complejidades como los del propio Tío Sam-Trump: China, la Unión Europea, y nuestros propios socios latinoamericanos clave, Brasil, Colombia y Chile.
Los propios panameños ya no somos los mismos.
Aguas del río heraclitano ya no nos reconocemos en buena parte de nosotros mismos.
Torrijos y Arnulfo son referencias vagas de un tiempo casi mítico en las mentes de los más jóvenes, y el Canal no tiene para ellos ninguna connotación de lucha, sino de trabajo bien remunerado o de turismo escénico.
La capital se ha tragado al país, y las crisis recurrentes del agua y la energía se suman a las de las mafias trasnacionalizadas que tienen secuestrado al país en sus barrios y en su cúpula.
Panamá la verde es menos verde, y salimos y entramos de listas grises en el casino financiero del mundo.
Se afirma que un loco tiene de vuelta y media al país, pero lo cierto es que quienes se hacen los locos parecen ser legión como el demonio.
Por eso repensar hoy la autonomía universitaria es más que un mero ejercicio académico.
Es pensar –centrados en una entidad completamente esencial para la democratización del conocimiento, el activo principal de la dinámica social de hogaño- en nuestro modelo societario.
Cómo democratizar el acceso y el disfrute efectivo de una educación superior que llegue a todos, cómo hacer que no degenere en crear solo competencias para el trabajo sino en las competencias para la ciudadanía democrática… esos son los retos reales que tenemos.
Economista. Docente universitario.