Señor, cuántos esclavos

Por: Redacción 13/10/2018

Señor, cuántos esclavos por las drogas, el alcohol, el sexo, la comida, la fama y el dinero.

Cuánto desperdicio de humanidades perdidas por vivir dependiendo de lo externo para sentirse realizados.

Qué fácilmente somos llevados a perder nuestra libertad, cambiada por un pedazo de manjar que lleva dentro veneno mortal.

Somos como ovejas llevadas al matadero sin conciencia del valor de nuestra dignidad.

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Terminamos convertidos en barcos a la deriva movidos por los vientos huracanados de nuestras propias pasiones, enardecidas por los espejismos de falsos paraísos, que terminan en infiernos terriblemente torturadores.

Allí vemos a los drogadictos hablando solos y comiendo en los basureros.

Los alcohólicos perdiendo empleos y acabando con familias y su buen nombre.

Por otro lado, violadores criminales y los que dependen de comer y en exceso para sentirse mejores.

Y no digamos los esclavos del dinero, que para poder mantener el culto a ese dios falso son capaces de vender a su propia madre o matar al mejor amigo.

Por la fama se hace lo que sea, desde cirugías plásticas, vestir, cantar y bailar indecentemente hasta convertir el cuerpo en exhibición de morbosos para atraer a la gente.

Señor, vamos hacia el abismo, como si fuéramos rehenes de un gran secuestro, el de Satanás que nos quiere ver destruidos por ser hechos a imagen y semejanza tuya.

Te odia tanto, pero como a ti nada puede hacerte, busca todo aquello que te recuerde para meter sus colmillos terroríficos y triturarnos hasta la misma muerte.

Señor, hoy parecemos como hipnotizados y por eso aceptamos como normal lo que no lo es, y nada nos causa asombro, ni la muerte por sobredosis de muchachos, o el alto índice de borrachos que conducen en las carreteras, golpean a sus mujeres, o terminan muertos en riñas de cantinas.

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No nos produce estupor ver cómo hay tanto crimen por el narcotráfico, o escándalos por robos continuos de políticos, desfalcos en empresas, o evasión de impuestos y ladrones de cuello blanco.

Señor, ten piedad de nosotros.

Hemos cambiado el paraíso que tú creaste por un mundo lleno de tanto espanto; cárceles repletas de vidas jóvenes truncadas, multitudes viviendo en la miseria más escandalosa, niños que no conocen a su padre ni acaban su escuela, dementes provocados por la droga, y todo porque te dimos la espalda, y creamos nuestros dioses y nuestra propia moral de conveniencias.

Señor, nos arrodillamos ante ti, e imploramos tu clemencia, y que cambies nuestro corazón de piedra por uno de carne, al estilo de tu hijo Jesús, el Salvador del mundo, que fue fiel a ti ¡oh, Padre!, venció las tentaciones y nos da la fuerza para vencer a las tinieblas.

Monseñor cmf.

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