Democracia verdadera

Por: Redacción 20/11/2018

La democracia, tal vez, es un tema muy trillado, el cual, en su contexto esencial u original, inspiró a grandes pensadores, cuyas ideas son (o fueron) la base de las construcciones políticas de gran parte de los pueblos o países que la han adoptado como su sistema de gobierno, sin menoscabo de las guerras, revoluciones y luchas que se han desarrollado en torno a ella.

Su consigna es que todos participen, sin restricción alguna.

Por cierto, todo el mundo no entiende, ni aplica, de igual forma la democracia.

Decir que "la democracia es el gobierno del pueblo", recurriendo con esto a una mera enunciación etimológica para demostrar, por lo menos, algo de sapiencia, no es más que, por lo visto, reduccionismos y falacias argumentativas, si no nace en, ni depende de, ciertos valores, tales como equidad, igualdad, justicia y libertad.

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Pero, ¿cómo se logra esto en un sistema político, marcado por una forma de ser, pensar y actuar, social y culturalmente hablando, que, para todo, asigna y depende de reglas, leyes, normas, etc., y con poquísimo pensamiento crítico y reflexivo?

No estoy diciendo que me opongo al orden, ojo, ya que estoy convencido de que las normas deben existir para garantizar y promover los equilibrios sociales necesarios, o, mejor dicho, la igualdad entre los desiguales.

Sin embargo, la democracia, que debe descansar en la dignidad de las personas, es decir, que nadie es, ni debe ser más importante que los demás, requiere que, en cuanto a su acceso o implementación, especialmente desde la perspectiva electoral, no sea objeto de restricciones.

Las cuotas mínimas de miembros o votos para inscribir o asegurar, según corresponda, la inscripción y existencia de los partidos políticos, las cuotas mínimas de firmas para lograr las postulaciones de candidaturas por la libre postulación y las cantidades mínimas de candidatos que puedan correr por cargos de elección popular (sea por partidos políticos o por libre postulación), más el hecho de que todos los candidatos no están en igualdad de condiciones en lo que respecta a recursos, simpatías, influencias y publicidad, ¿son restricciones a la democracia?

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Indudablemente, lo son, y, en consecuencia, la vulneran y soslayan.

Entonces, ¿en qué hay que centrar el análisis?

¿Seguir con la desgastada y denigrante política de acciones, intereses, actitudes y aptitudes innobles?

Eliminar las restricciones, reitero, es ideal.

En este sentido, la promoción de los valores y el fortalecimiento de la educación, en y a favor del pueblo, como primera y permanente acción, y, en segundo lugar, un sistema sin restricciones para la escogencia de quienes ostenten los cargos políticos, son las cosas que garantizarán y promoverán que la democracia, y, en consecuencia, el aparato gubernamental, sean libres, igualitarios, justos y equitativos.

Abogado.