El camino del diálogo
Los ejemplos de diálogo y concertación, después de largas y sangrientas guerras, abundan dentro de las páginas del devenir histórico del mundo.
Muchas veces esos compromisos de cese a la violencia son precisamente motivados por la necesidad de sostener unida una nación.
Estados Unidos, por ejemplo, pudo superar el duelo por la muerte de más de 620,000 soldados durante la Guerra Civil, hijos todos concebidos en el vientre de su propia patria; una cantidad de bajas tan inconcebible que ni siquiera fuera superada por aquellas que sufriera esa nación durante la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, la de Corea y la Vietnam en todo su conjunto muy sangriento.
Aún así, en medio de ese luto histórico y sin precedentes, pudo esa nación llegar junto a los consensos nacionales, afrontar valientemente el diálogo entre los ciudadanos de los más opuestos y evitar la recaída en el conflicto bélico ante el asesinato del presidente Lincoln, ocurrido solo días después de que la guerra terminara y aún con las heridas frescas revestidas por vendajes.
Pero lo lograron.
Me apena aquí decirlo, pero los odios que se fraguan en nuestra nación parecen calentarse a fuego lento y por ebullición.
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Vienen y se aplauden y se recrudecen cada cinco años, sin otra fuente que no sea el quehacer político criollo, devastador y crudo y primitivo.
En términos comparativos, esos odios y distanciamientos son aún más grandes y severos de los que existen en naciones que pudieron superar guerras civiles.
Por suerte no permean, por mucho tiempo, a la colectividad, que solo se contagia de esos males en los momentos de elección.
Y así, muchos quieren, pues, guardar y cultivar ese rencor ardiente, tal y como hacía el homínido prehistórico que transportaba el fuego en una yesca humeante, de un lugar a otro, considerándolo uno de sus bienes más preciados.
Hoy en día la necesidad del diálogo y de la concertación es apremiante.
Y el gobierno, cualquiera que sea electo, haría muy bien si sigue aquella máxima acuñada por Henry David Thoreau, de que el mejor gobierno es el que gobierna menos.
Para los ciudadanos, la paz es uno de los bienes más preciados, por lo que no puede su manejo delegarse alegremente en las manos descuidadas de politiqueros que se aferran solo al odio y al rencor político.
Abogado