Rivalidades y competencias

Por: Redacción 16/10/2021

Vivimos en un mundo en exceso competitivo. Todo se hace en el marco de una lucha contra otros. El ejemplo más desgarrador son las guerras internacionales o las civiles. En ellas, como en general en toda competencia, el otro es diferente a mí.

El otro es un agresor que me quiere quitar lo mío. Llámese territorios, bienes monetarios, fama y buen nombre, cargos y títulos, seguidores y votos, la paz y la felicidad, la vida. Siempre hay una pugna por algo que yo siento y creo me pertenece.

El otro es una amenaza real. Y, por lo tanto, la tendencia es cargarle al otro los epítetos más repugnantes: ladrón, embustero, tramposo, salvaje, criminal, usurpador, envidioso, ruin, incompetente.

Desde el momento en que le pongo una etiqueta y lo encasillo en un lugar tenebroso, nace en mí, en nosotros, ese mecanismo de defensa ancestral que activa todo mi ser para la pelea. Y eso justifica en mi mente la posibilidad de un ataque y hacerle un daño.

El asunto es quitarlo de mi camino. Neutralizarlo, aniquilarlo. Que pierda las elecciones, la fama, la batalla, la empresa, el lugar de predomino que ocupa, o hasta la vida.

Este mecanismo de defensa que ocupa todo el ser es fácil verlo en los animales cuando rugen, enseñan los colmillos, se les eriza la piel y los pelos, adoptan posturas de ataque. Vea usted un tigre, un león, o un perro; observe al toro de lidia pateando la tierra y bajando la cabeza para embestir.

En el ser humano el instinto de lucha se acelera con insultos, enseñando los puños, levantando el puñal o empuñando un arma de fuego. O se investiga al contrario para atacarlo en escritos o en demandas legales. Siempre se activan estos mecanismos en los seres humanos y animales por miedo a una agresión, pero con la particularidad que en las personas, luego, la batalla puede continuar activando el odio y el rencor y por varias generaciones.

En el Evangelio todo esto busca suprimirse. No la sana competencia esforzándose en el estudio para tener un empleo, en mejorar la calidad de los productos y así vender más, en rendir lo más que se pueda y así merecer un mejor cargo en la empresa, en entrenarse de la mejor manera y ganar un partido.

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En ser un político honrado, trabajador, sirviendo siempre al pueblo y así ganar elecciones. En la sana competencia el asunto está en mejorar uno, pulirse lo más posible, trabajar para superarse, crecer en todos los aspectos y así merecer algo mejor. Jamás en hundir o destruir al contrario. Y al supuesto enemigo, amarlo, Perdonarlo. Buscarle el bien en lo posible. Nunca hacerle daño.

Monseñor.