Sobre las conductas personales y las responsabilidades colectivas
Tira una piedra y estarás allá; así de cerca estamos interrelacionados entre nosotros mismos como sociedad. Sin embargo, esa interacción carece muchas veces de solidaridad, está plagada de distanciamiento y de intereses personales, sin ver más allá de nuestro propio entorno. Para el mundo somos un pequeño país, diminutamente estrecho, vivo por el corazón de un gran Canal que conecta al mundo y que divide nuestra geografía; pero, para nosotros mismos, ¿qué somos como nación? En términos educativos, desde la más temprana edad, ¿se siembra en nuestros hijos ese necesario espíritu de solidaridad, de conciencia nacional, de interrelación estrecha entre todo ser humano nacido al interior de estas fronteras?
No deja de sorprenderme siempre el hecho de que, en solo un par de horas, dentro del reloj de un día, podemos recorrer nuestro país entero y que, en menos de eso, podemos visitar ambos océanos. A pesar de esa cercanía geográfica y estrecha, vivimos tan distantes de nosotros mismos, como nación; vivimos como si estuviéramos cuadriculados, divididos, separados entre "lo que es mío" y sin prestar ningún tipo de atención a lo que "es nuestro". Es una falacia pensar que la generación actual y ya madura debe recargarse toda entera con la culpa de esa desintegración social. Aquí no hay grupos específicos que sean culpables porque todos, a excepción de la niñez, llevan la marca y el estigma de la falta de conciencia nacional.
¿De que sirve, me pregunto yo, tratar de martillar un clavo en el acero? Tal vez para nosotros, los que ya cargamos el peso de la responsabilidad compartida de lo que ha venido a ser la sociedad de hoy, es tarde ya. Tal vez seguiremos siendo impersonales hacia los quehaceres de la patria, tolerantes ante los abusos y la apropiación de los poderes por parte de los que elegimos, tal vez seremos inconscientes de los daños periféricos que nuestra falta de acción e iniciativa causan a futuro; pero la generación que no se ha saturado todavía de esta forma inerte de pensar tiene derecho a explorar las nuevas rutas que nunca le enseñamos. Esa generación que es el presente y el mañana puede todavía pensar en la grandeza de la integración nacional, en el espíritu de solidaridad colectiva, en el ejercicio responsable del poder delegado y, sobre todo, en la importancia de una educación temprana como el factor transformador del hombre y de la sociedad.
En una sociedad encaminada hacia el progreso, se rinde culto puntual hacia el trabajo, como la herramienta que facilita los accesos a mejores cosas en la vida; no se cultiva el hábito de la secuencia de subsidios paternales que aniquilan las iniciativas en el individuo y hacen pensar que se puede tener logros sin ningún esfuerzo. Dentro de todo, hemos vivido la ilusión colectiva de que la boca es sólo el instrumento básico y sumiso que mastica todo lo que en ella se coloca y se regala, sin pensar siquiera en el esfuerzo de llevar ese alimento allí, como si las cosas simplemente surgen de la sombra de la nada. Ese tipo de conducta y hábito nocivo hacen que se espere todo sin hacer nada. Debemos comenzar tal vez por el principio básico que rige en toda la naturaleza: no existe ningún logro verdadero sin que medien los esfuerzos personales.
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