La maternidad de María

Por: Redacción 22/09/2025

El amor de una madre es el más parecido al amor de Dios. El hecho de gestar en su vientre una criatura, sentir como se va desarrollando, creciendo dentro de ella, y que los nutrientes todos los da la madre, y que es tan grande la compenetración entre ambas personas, (desde que el óvulo fue fecundado ya es persona), muchas cosas que la madre experimenta las sufre la criatura y viceversa. Es una unión extremadamente única, singular, y esa criatura depende totalmente de su madre, y por eso se asemeja tanto a la relación de Dios con nosotros. Dios nos crea primero en su mente divina, y luego nos proporciona las condiciones para que seamos seres humanos, dándonos una madre y un padre. Pero él nos sigue creando, no solamente dándonos la vida, sino manteniéndonos vivos en todo el proceso hasta el nacimiento. Y luego nos sostiene vivos el tiempo que su voluntad lo determine. En la maternidad hay mucha semejanza con Dios, y más en el amor de la madre al hijo. Una buena madre lo hace todo por su hijo.

Pues imaginémonos cómo tuvo que ser la relación de María con su hijo Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo y gestado en su vientre con todos sus nutrientes y lo que es hermoso, adorado, alabado, glorificado dentro de su ser por ella misma. Cómo tendría que ser su relación con su hijo, el Dios hombre, en sus largos momentos diarios de silencio, tanto en la oración como en el trabajo doméstico. En ese momento ella era sagrario viviente. Lo que ella experimentaría en su alma y en su cuerpo sabiendo que lo que crecía dentro de ella era un ser humano y divino. Y al nacer, al amamantarlo, acurrucarlo, bañarlo, acariciarlo, cantarle, enseñarle a gatear, caminar, hablar, rezar, lo estaba haciendo con la segunda persona de la Santísima Trinidad hecho carne. Con el Verbo por quien todo fue hecho, y que se hizo hombre. Maravilla de la maternidad, pero que en el caso de María era además un milagro patente que superaba todo lo imaginado posible.

Luego participar en todo el crecimiento de su hijo, niñez, adolescencia, juventud y madurez. En su vida pública, escuchar sus predicaciones, presenciar sus milagros y curaciones; ver sus exorcismos y sus enfrentamientos con los fariseos. Estar presente en todo lo que hacía su hijo, pero ya no solo como madre sino como discípula fiel, humilde, sencilla de Jesús que se convertía en su maestro. Y luego, en el momento supremo, al pie de la cruz, participar sufriendo en la inmolación de su hijo, consolándolo con su presencia, perdonando a sus asesinos, formando parte de la Iglesia testigo fiel de la muerte y resurrección de Cristo.