¿Y después del apogeo, qué?

No se puede negar que el Carnaval ha calado hondo en la sociedad panameña. Con sus virtudes y defectos, esta celebración se ha convertido en un sello de presentación para muchas comunidades, especialmente aquellas asentadas en el corazón de la República.

Ciudades como Santiago, Chitré, Las Tablas y Penonomé, así como localidades como Ocú, La Villa, Dolega, Capira, Chame o Parita, entre otras, se han convertido en íconos de la fiesta de Momo y con ello, la afluencia de gente hacia estos puntos crece vertiginosamente.

Pero cabe preguntarse después de esos días de fama, qué les queda a esos pueblos, además de la pestilencia. Seguramente, la respuesta será muy poco. Cabe entonces plantearse el asunto con la cabeza fría, puesto que si se ha tomado la decisión de hacer del Carnaval un símbolo de las provincias, sería conveniente empezar a organizarlos de tal manera que después del topón de las tunas únicamente se entierre la sardina y que con ella no mueran esos poblados.

Todo el país aplaude la capacidad de organización, el compromiso y la entrega de los organizadores a sus respectivas tunas para que sus deidades de la belleza luzcan el lujo y el esplendor que la festividad reclama; pero debiera primar algún propósito social o benéfico al final de tanto jolgorio.

La inversión que hace la empresa privada en el Carnaval interiorano cada vez es mayor. Con todo el movimiento económico que hay, los promotores debieran constituir dentro de sus organizaciones un pilar relacionado con la responsabilidad social y los respaldarían mucho más, incluso quienes no participan del Carnaval, porque sabrían que además contribuyen a otra causa.

Sería loable que después del Carnaval —proporciones guardadas—, cada directiva hiciera una aporte a su localidad, a algún centro de resocialización, a la parroquia, al mantenimiento de un colegio o a la restauración de la plaza donde se da la mojadera, como una manera de retribuir el apoyo que reciben durante todo el año para consolidar su éxito.

La celebración no tiene por qué estar divorciada de la responsabilidad ni del compromiso con el entorno y con los vecinos. Una reorientación en ese sentido ayudaría mucho a levantar el perfil de las juntas de festejo y de Carnaval y transmitiría una imagen que va más allá de lo que se ve en los grillos y en la tiradera entre los de arriba y los de abajo.


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132677
autor
Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com)
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